Historías de un país que ya no existe (2)



La abuela plantó su mano frente a la boca de Jasmina. Observó todas aquellas líneas y surcos de su palma. Eran tan diferentes de las suyas. Tan viejas. Estaban arrugadas como las de Salma, pero secas. Parecía uno de aquellos higos que dejaban secar sobre la mesa a finales de verano. Alzó la vista. Más arrugas, pensó detenida en el rostro de su abuela. Los ojos parecían tan pequeñitos tras tantas láminas de piel. Vamos, escúpelo, reiteró la abuela manteniendo la mano, pero el hueso no abandonó su boca. Estaba tan rico. Tan dulce. Su sabor todavía no estaba agotado. Algo más se podía extraerse de él. Aquella mano tan de final de verano podía esperar. Cansada la abuela retiró su mano. Ella siguió haciendo girar el hueso entre sus dientes, bailar sobre su lengua, exprimiendo todas las sensaciones que fuese posible obtener del él. El sabor empezó a menguar y al final lo sacó, sujetando aquel extraño objeto en su mano.
–Curioso lo que hay dentro de los frutos, ¿no? –comentó la abuela–. Ven, ¿sabes qué vamos a hacer?
Jasmina negó con la cabeza.
–Vamos a plantar tu hueso de albaricoque. Vamos a plantarlo para que así tengas un árbol lleno de albaricoques como éste. Aprovecharemos que tu hermanita duerme para hacer algo diferente, ¿eh?.
La abuela cogió la pala recostada junto a la valla. Caminaron ambas en silencio por el jardín, bordeando el risco que se precipitaba sobre una leámina de azul intenso. Ella apenas prestaba atención a la abuela que iba tanteando el suelo con la pala, sus ojos se perdían en la pequeña nube gris-plateada de gaviotas que subía, bajaba, se desplazaba y se formaba sobre ellas. ¡Quién pudiese volar! 
–Aquí –dijo satisfecha la abuela clavando la pala en la tierra–. Aquí plantaremos tu albaricoquero. La tierra es buena, húmeda y llena de sol. Aquí la semilla crecerá sin limitaciones para ser todo lo que lleva dentro. Al principio tendremos que ayudarla un poco. Regarla. Como cuando mamá le da la teta a Salma, pero luego el tiempo hará el resto. Crecerá y crecerá, crecerá hasta que llegue el verano en que te ofrecerá los mejores albaricoques. Serán tuyos. Tú árbol. Tus frutos.
–¿Y Selma?
–¿Selma? –La abuela dejó de cavar el pequeño hoyo–. Si quieres podrás repartirte los frutos con ella, claro.
–No. ¿Qué hará Selma cuando mamá deje de darle leche?
–Pues comerá, andará, hablará… lo normal. Lo mismo que haces tú.
–¿Dejará de llorar?
–Eso espero, pequeña –Volvió a su tarea de horadar el suelo–. Hala, creo que así ya vale. Echa el hueso dentro. 
Jasmina dejó caer el hueso en el agujero. Crece fuerte, dijo la abuela arrojando tierra al hoyo. 
–¿Tardará mucho en crecer? –preguntó Jasmina.
–Unos años.
¡Unos años!, Selma tiene que crecer más rápido, pensó Jasmina. Entre ambas cubrieron el hueso de tierra enseguida. Siguiendo las instrucciones de la abuela, golpeó con la palma de su mano el suelo suavemente. Espero que mamá se quedé sin leche pronto,  pensaba mientras presionaba el terreno. La abuela miró a su alrededor, se alejó unos pasos y cogió una rama pequeña que yacía en el suelo. Volvió junto a ella y clavó la rama donde el hueso había desaparecido, allí donde sus manos acababan de compactar la tierra removida.

Durante días siguió acudiendo por las tardes, para regar la semilla y para ver el mar de gaviotas. Descasaba su vista en sus giros, en la naturalidad de sus deslizamientos. Sus ojos perseguían los movimientos de las aves, vaciándose en ello, lejos de los berridos y pataletas de Salma. Observaba sus piruetas hasta que el sol se perdía a su derecha, por detrás de la sierra que custodiaba el casco antiguo de la ciudad.

Tito había muerto. Los hombres ya no hablaban de él. Dejaron de hacerlo poco después de que su tren azul alcanzase Belgrado desde Liubliana. A los muertos se les entierra y se les olvida rápido, incluso a los inmortales. El camarada Tito, druzek Tito, se había ido y su vacío quedó suplido por una inflación económica cada vez más grande y voluminosa. El precio de la electricidad subió, como lo hizo el de la harina, la mantequilla, la sal, el pan, el azúcar, la leche, las patatas, las remolachas, las judías, las zanahorias, las espinacas e incluso las cebollas, todo subió. Los estantes de los colmados unos días estaban vacíos y otros llenos. El país se movía como las bandadas de gaviotas que Jasmina observaba sobre el acantilado: subían, daban vueltas, vueltas y más vueltas en ascensión, hasta que llegado un punto caían, se deslizaban por el cielo cuesta abajo y justo antes de llegar a la superficie del mar se elevaban de nuevo. La secuencia volvía a empezar. Los vaivenes de la economía centraron en aquella época todas las conversaciones. Siempre había gente entrando y saliendo de la casa. No había día de verano que no trajese consigo una visita. Siempre había que añadir unos platos de más en la mesa bajo la parra que ya entonces proporcionaba una agradable sombra. Los hombres, recostados en sus sillas, siempre con un vaso de vino en mano, mostraban cierta preocupación por la aparente inestabilidad de lo que llamaban el mercado. El abuelo, sin embargo, era ajeno a esas inquietudes masculinas. Cuanto peor les vaya a los otros mejor me va a mí, le oía decir Jasmina. Aunque ella no entendía nada de todo aquello, prefería sentarse allí, en el porche, cerca de su padre y su aureola de humo, observando a los hombres apurar los cigarrillos y los vasos de vino, o las tazas de café que parecían interminables, a estar dentro, donde su madre y el resto de las mujeres. Tan siquiera recuerda las conversaciones de ellas, pero no eran ellas el problema, sino que con ellas estaba siempre ella: Selma. Selma era todo necesidades. Selma era todo atención. Estar cerca de ella implicaba obligaciones: vigilancia, custodia, tareas, encargos y exigencias. Era como si aquel bebé morado que llegó al mundo berreando, no hubiese dejado de hacerlo desde entonces. No callaba nunca. Ven, acércate, dile hola a tu nueva hermanita, fue lo primero que le dijo su madre cuando vio a su hermana emerger de entre sus piernas. Jasmina no había hecho más que alejarse. Supo que sería así desde aquel momento. Algo que saliese así, con aquellas formas, de dentro de su madre no podía traer buenas intenciones.
¿Cuándo se te secarán las tetas, mamá?, se preguntaba, pero nunca se atrevía a formularla en voz alta.    
El lloriqueo constante de Selma habían forzado el exilio de su lugar más preciado: la cocina, para buscar refugio junto a su padre y sus amigos. A fin de cuentas era donde acababan siempre yendo a parar los alimentos.  
El mundo masculino se había vuelto repentinamente más atractivo, aún cuando no entendía nada de lo que decían. Sobre todo la intrigaban aquellos momentos en los que su padre le tapaba los oídos con las manos. Esos momentos de censura, esas medias palabras, interrumpidas tan violentamente por las grandes manos paternas, quedaban retumbando en su cabeza. Sílabas cortadas que miraba de reproducir y que se quedaban allí, tintineando, enmarañadas en su lengua, sin llegar a completarse. ¿Qué dirían esas palabras?





Mirar con delicadeza el relámpago





   Hay días que se abren y
   despierto como pájaro
   abierto que vuela,
   con pies de viento
   hecho de hueso ligero.
   Miro entonces el relámpago
   con delicadeza
   cuando me detengo
   frente al espejo.
   Lo imposible se escapa
   por algún punto
   de los que revela
   la soledad callada.
   Por la boca el pájaro
   asoma alucinado
   enfundado en plumón pardo
   piando al imposible
   gesto de amar en soledad.
   Y verme cayendo,
   cayendo de mi propia boca,
   boca que alberga el paisaje
   del agua batiéndose
   en un sueño de remolinos
   en posición fetal
   hasta escapar por la ventana
   avergonzado y sin lágrimas
   que confunden a la inercia
   del aire que empuja
   que cede, que corre,
   que el viento no 
   se equivoca de destino,
   que el día se abre
   el pájaro se abre
   y vuela.
   y vuelo.
  o quiero.
  deseo.
  nunca.
  siempre.
  caigo.
      c 
          a 
        i
             g
      o
   vuelo.               e            o
         v                        l
              u
         vivo.



Llegará el día, llegará



Llegará el día, llegará.

Llegará el día en que nos unamos
a las almas de pies doloridos y bocas secas,
a los que caminan cada noche,
durante horas, días, meses y años,
con pasos lentos siempre hacia delante,
atravesando mares, montañas y desiertos,
sin comer ni beber,
sin porvenir ni presente,
sólo pasado arrastrado en sus cuerpos transparentes,
sólo el pretérito que lleva cada uno de ellos en su memoria.

Llegará el día, llegará.

Llegará el día que chupemos guijarros,
que los chupemos para engañar la sed,
y que soñemos para seguir viviendo,
que veamos relumbrar sus almas desnudas
y la muerte que los empuja hacia la vida,
que sintamos como por aquí y allá,
por todos los rincones del planeta,
ascienden los sueños de los humanos.
Todos diferentes, todos aspirando a lo mismo:
al deseo de la supervivencia y
al deseo del futuro arrebatado,
la obsesiva búsqueda de lo desconocido.

Llegará el día, llegará.

Llegará el día en que nuestros ojos lo verán,
verán con sus párpados fruncidos,
nos veremos con ellos escrutando el horizonte
lo descamaremos de espejismos,
el horizonte retrocederá,
retrocederá hasta el infinito,
y tras el horizonte, se perfilará el sueño,
claro y concreto,
y ese día no retrocederá,
no dejaremos que el sueño, el horizonte,
retroceda para perderse para siempre.
Porque no podemos,
no podemos dejarlo perder, por eso,
por eso…

llegará el día, llegará.

Llegará el día en que salgan del agua,
veremos salir los esqueletos de niños y adultos
que recogerán sus pieles, 
se vestirán con ellas y se irán hacia su casa cantando,
y los abrazaremos
y lloraremos,
lloraremos de vergüenza por verlos de nuevo,
por no haberlos visto,
por no darles un espacio en nuestra memoria,
por negarles el abrazo,
por impedirles que envejezcan,
que se marchiten delicadamente con el tiempo,
por los años, dulcemente, como nosotros,
por no abrirles la puerta de los privilegiados.
Por todo ello lloraremos
nos desesperaremos 
y pediremos perdón
en un gran abrazo que llegará,
que ya debería haber llegado,
que ya tarda,
que debería estar aquí,
donde acaba la historia del hombre
y asalta la crecida de los sueños.

Se abren los cielos
Se abren los brazos
Se abre el mundo
Y ojalá muera el imaginario

Que el llegará sea un llegó,
llegó el día, llegó.







Ser sardina porque no alcanzo a ser salmón



Flotar como si viviese,
lejos de la costa,
del otro y del que quiero,
lejos de sus contornos,
escoltado por gaviotas
reidoras como hienas
que dan vueltas
y vueltas
y más vueltas
invocando a un tornado
que se me lleve
flotando,
por liviano,
porque no peso
porque no vivo
porque si no arriesgo
no vivo
si no vivo 
no escribo

Y me lio
y me piso
se me enredan los pasos
y se me cruzan las piernas
y sin querer me caigo
y distraído,
ignorante,
me dejo arrastrar,
donde me lleven
las lluvias que paseando
sobre mis mañanas
acarreen mi ligereza
de cántaro hueco y distraído
y me arrojen al mar
que no quiero misericordia
ni quiero milagro.

No quiero regresar.
Flotar 
sólo
por no vivir,
ser sardina porque no alcanzo a ser salmón
ser improvisada isla de cangrejos
y hundirme mientras contengo el bostezo
por la que se escapa una vida madura que atrae moscas.

Y ser tragado por la claridad
adentrándome
en el azul
en su complejidad móvil
y lenguaje insonoro
que el mar parece
que acariciando hable.

Es tiempo de agua,
de agua 
que limpie
que aclare
la vida tatuada
bajo la luna de mis pestañas.






Historias de un país que ya no existe


De todos los lugares posibles, la historia se gestó precisamente allí. En ese momento, cuando la cala, esa puerta a los Balcanes, se adentraba lentamente en el sueño. 
Era el momento del suyud. Un sonido grave y apagado, único y coordinado escapó de los muros de la mezquita. Era la resonancia de las rodillas apoyándose al unísono para postrar la frente sobre el entarimado de madera. Duró uno instante. Uno que nacía con cada postración a pesar de las alfombras. Se elevaba hasta escapar por la claraboya de la bóveda. Una mujer, vestida toda de tela blanca como vestían las abuelas de sus abuelas, no participaba del rezo. Se dejaba llevar por sus pasos, enfilando las escaleras hasta la casa blanca que cabalgaba sobre el risco.
En el porche la recibió una mujer que acunaba a su hijo en las rodillas, le daba el pecho seco. La partera está aquí, gritó a través de la puerta, invitándola a entrar. Fuera, más allá, en el jardín, evitando la visión de la madre y su pecho descubierto, cinco hombres fumaban y hablaban formando un corro. Entre calada y calada se mencionaba a Tito. El humo flotaba con parsimonia a su alrededor. Perezoso y cansado. Se hablaba de su posible ingreso en un centro médico de Liubliana. Eran hombres sordos, sordos a los gritos de dolor que llegaban desde el interior de la casa, donde a una mujer se le desencajaba el rostro cada vez que una contracción asaltaba su cuerpo. Se originaba en la espalda y asaltaba el área abdominal hasta desbordarse. La cadera parecía romperse. Toda ella parecía estar hecha de dolor. La partera le palpó el vientre, comprobando que el niño estaba en la posición correcta. Lo estaba. Todo estaba listo cuando entró el médico. La llegada de Selma fue sencilla, antes de que acabase el suyud ya estaba al regazo de su madre. Ven, acércate, dile hola a tu nueva hermanita, le dijo ésta a Jasmina. La niña de cinco años miró al bebé: estaba morado, no paraba de berrear, su cabecita de ojos velados emitía un sonido que le resultaba espeluznante. Insoportable. Vamos, Jasmina, no tengas miedo, acércate.

Pasadas unas horas asomó el sol vertiendo su luz sobre los lirios, rosas, jazmines, claveles y nardos que crecían junto a las murallas de Ulcinj. Y así, un día tras otro, hasta sumar meses en una ciudad que desconocía invierno alguno. Sus años solo tenían tres estaciones: la primavera, el verano y de estas dos se formaban el otoño, que encerraba en el cuerpo de sus frutos el espíritu de la primavera y el alma del verano. Granadas, higos, melocotones y albaricoques, que Jasmina ayudaba a recoger del jardín de la abuela. Con ellos las mujeres elaboraban diferentes compotas. 
La cocina era el meollo del hogar, el espacio donde sucedía lo realmente relevante, donde se cocían poco a poco las vidas de sus habitantes. Todo gravitaba alrededor de la gran mesa de madera, un viejo mueble orgulloso que permitía que sobre sus espaldas se preparasen todo tipo de platos, conservas, pasteles e incluso panes. ¿Cuántas horas había visto allí a la abuela tratando el agua, la sal, la harina de trigo y la levadura? Sus ancianas manos, pero incansables, amasaron allí muchos panes, y sus brazos contribuyeron a estirar, a base de rodillo para adelante y rodillo para atrás, la masa hasta conseguir láminas de pasta tan finas como el papel de fumar con el que elaborar deliciosos buraks. Jasmina amaba la comida. Creía que había nacido con la única finalidad de comer. No podía existir cosa más placentera en el mundo que una buena cena, un almuerzo, un desayuno o un simple tentempié. O, porqué no, un simplón mendrugo de pan. Nada como una yesca de pan y un vaso de leche fresca para que el día se presentase radiante. La cocina había sido su estancia predilecta, ayudando o simplemente viendo cocinar a la abuela, a su madre y las mujeres que venían de visita, hasta la llegada de Selma. Eso lo cambió todo. El habitáculo se llenó entonces con su llanto. Era constante. Ininterrumpido. No entendía como algo tan pequeño podía emitir un sonido tan horrendo como aquel. Debía ser todo pulmones. Bebe. Mama, pensaba cada vez que la madre le ofrecía el pecho. Chupa y calla. Pero eso no hacía más que silenciarla por un breve momento. Al poco se cansaba y volvía a estallar. Cuando tú eras pequeña, le contó la abuela a Jasmina, no soltabas sus tetas ni aunque te pellizcasen. Te gustaba tanto mamar que eras capaz de dejarle secos los dos pechos de una tirada sin tan siquiera cambiarte de pezón.  

Una de esas tardes plácidas y soleadas de la decadencia del invierno, la madre dormía rendida con Selma a sus pies. En el patio, bajo la parra deshojada, el padre seguía liando y consumiendo tabaco en compañía de dos hombres. 
–¿Habéis oído los rumores sobre el búnker? –El padre vació la botella de vino en su vaso y la dejó junto a dos más. La mesa era la exhibición de una comida agotada: platos, cubiertos, ensaladeras, plateles y vasos ejerciendo de ceniceros.
–¿Qué búnker?
–El que mandó construir Tito.
–No sabía nada.
–Yo he oído algo. Se trata de uno nuclear, ¿no?
–Eso dicen. Para el día del Gran Pedo. Para sobrevivir al holocausto nuclear.
–Eso, si primero sobrevive a lo que tenga.
–¿Qué era, bloqueo renal? ¿Flebitis? ¿Quizás problemas digestivos?
–Insuficiencia cardiaca, ¿no?
–Eso no lo tenía controlado.
–Nuestro pobre Tito está roto. Cualquier día de estos se apea del mundo de los vivos.
–Pero tiene un búnker atómico.
–Pero, ¿dónde, en Liubliana?
–No, hombre no. ¿Qué se le ha perdido allí? 
–De momento una pierna, ya veremos que más.
–Cerca de Sarajevo. Eso dicen al menos.
–Anda, me queda cerca de casa. Habrá sitio para otros digo yo.
–Seguro, somos socialistas…
–Titoistas, somos titoistas.
–Nos caerán de todos lados, de los americanos, los soviéticos, los franceses e incluso puede que algún que otro cubano despistado. 
–El mundo entero nos observa.
–Nos apunta. No nos observa: nos apunta.
–Envidia. El mundo envidia nuestro titoismo.
–¿Pero, no les caíamos bien a todos? ¿Cómo era ese chiste sobre Tito tocando el piano para el Este y el Oeste?
–Eso no quita que nos envidien.
–Yo te quiero y aún así envidio tu puesto y tu mujer.
–¿Y la suegra? Quizás podemos llegar a un acuerdo.
–Nos van a matar a besos atómicos.
–Ahora tenemos un búnker para resistirles.
–¿Tenemos?
–¿No cabemos todo?
–Seguro. Seguro que hay espacio para todos.
–Si nos apretamos un poquito, como buenos camaradas.
–Pero sin mariconadas.
–Lo suficiente para brindar un poquito de calor a esta guerra tan fría.
–Y si tenemos en cuenta que nuestro gran camarada Tito cada día que pasa es más pequeño, más espacio que habrá para nosotros. 
–Seguro que nuestro druzek Tito se hace cortar la pierna que le queda para hacerte un hueco en su búnker.
–¿Qué será de nosotros el día que ya no esté? He sido toda mi vida un titoista. No he conocido otra cosa que el titoismo.
–¿Dejaremos de ser titoistas cuando Tito muera?
–Yo nací titoista. Lo pone en mi carnet. Y en mi pasaporte. Hasta mi sangre es titoista. Mamé de la leche de los primeros titoistas, eso no abandona el cuerpo. No desaparece. 
–Tú también has mamado leche titoista –dijo el padre alborotando los cabellos de Jasmina.    
Sentada junto a su padre, ajena al humo de su cigarro y al de sus compañeros de tertulia, Jasmina devoraba un albaricoque. Su piel, su jugo, su carne, lo saboreó todo, hasta que agotado el mismo, se metió el hueso rugoso en la boca. Había que exprimirle todo el gusto. La abuela, de vuelta de la cocina, limpió su mentón con la falda de su vestido y la obligó a levantarse de la silla.

–Ven pequeña, deja que los hombres hablen de sus cosas.





Rabdomantes (once)



Cuando llegó a la urbanización corrió cuesta abajo por las calles hasta su casa. En la puerta había un policía que la invitó a pasar. El hombre con quien había hablado un par de horas salió a su encuentro y la acompañó hasta la cocina. ¿Dónde está mi madre? El detective le pidió que tomase asiento. Evren no volvió a preguntar nada, entró en la cocina y se dejó caer sobre una de las sillas. Miró la otra silla, aquella que solía ocupar su madre cuando cenaban juntas. Allí estaban los cojínes perfectamente colocados sobre el asiento y el respaldo, se los había colocado ella porque mamá se quejaba que se le clavaban los huesos: Mis huesos ya no engordan mi pellejo, solía decirle. Estaba muda, contemplando la silla vacía, como si entendiese lo que aquel mueble desocupado significaba. No necesitaba escuchar lo que el detective tenía que decirle. A pesar del trasiego de gente que había en la casa, le parecía que de repente reinaba en ella una tranquilidad y un vacío como no había experimentado nunca, como si hubiese sido despojada de toda la complejidad que tenía cuando la abandonó aquella misma mañana. Todo estaba en su lugar, parecía un día como cualquier otro, incluso sobre los fogones había una sartén y una olla con agua para hervir algo. Otra vez algas, Evren no pudo contener el pensamiento al ver el cubo rojo lleno de algas en el suelo.

–Señora Evren Dedeyan –dijo el detective.
Ella pareció no escuchar su voz, seguía mirando aquellos utensilios de cocina. La sartén, la olla, un cuchillo sobre la tabla de cortar, pieles de cebolla, un ajo, la aceitera junto al fogón. Pronto sería la hora de cenar.     
–Señora Evren Dedeyan –repitió el detective.
Evren se giró hacia el hombre que ocupaba el marco de la puerta.
–¿Cómo ha sido?
El detective se aclaró la garganta.
–Todo indica que ha caído de la escalera. Creemos que estaba recogiendo higos cuando tuvo lugar el accidente.
–La escalera, claro –el yermo de los planos parecía haberla seguido hasta casa. Volvió a mirar a su alrededor y su hogar parecía ahora una de las casas abandonadas que había visitado horas antes.
–Señora Evren Dedeyan.
–Evren, llámeme Evren.
–De acuerdo. Evren, ¿era normal que se subiese a la escalera?
–Sí. Supongo que sí. Le gustaba hacer sus cosas.
–Ya –el detective dio unos pasos por la cocina–. Me resulta molesto hacer esto, pero tengo que hacerle algunas preguntas.
Evren seguía mirando los objetos cotidianos dispuestos sobre la cocina.
–¿Había sufrido su madre algún trastorno depresivo últimamente?
Evren negó con la cabeza.
–¿Sabe si usaba alguna droga del tipo inyecciones de proteínas PAK1 o cualquier otro tipo de terapias para restaurar la memoria? Se han detectado casos en los que el uso de las mismas ha llevado a casos de depresión o ansiedad.
–No. Quiero decir, que no tengo constancia de ello.
–¿Y desrealizaciones? ¿Era aficionada a conectarse a la red? También puede generar problemas de personalidad y depresiones en según que personas.
–Creo que no. 
–¿Está segura de ello? Tenemos constancia de conexiones de desrealización desde esta dirección.
–Yo me conecto ocasionalmente. Cuando me apetece desconectar un rato de mi realidad y relajarme de mis propios problemas.   
–Ya. Me lo imaginaba. Tenemos que descartar todas las posibilidades, ¿sabe? He visto que tiene una unidad robótica domestica. ¿Nos permitiría hablar con ella? 
–¿Köle? Si claro, ¿creen que sabe algo?
–Es pura rutina, señora Evren, ya sabe, protocolos. Ha sido su unidad doméstica la que nos ha avisado. Al parecer ha intentado contactar con usted un par de veces al encontrar a su madre en el patio, pero al ver que estaba fuera de cobertura ha optado por llamarnos. 
–¿No estaba en casa en el momento del accidente?
–Parece ser que no, dice que estaba en la playa recogiendo algas tal y como su madre le había ordenado.
–Ah, claro, buscando algas.
–¿Confía en ella?
–¿En quién?
–En su unidad doméstica.
–¿Köle?, sí claro…, bueno, imagino, no tengo razón alguna para desconfiar de ella, ¿no?
–No, no debería haber ningún problema, pero como cada día estos artilugios son más complejos al final uno ya no sabe si está tratando con una simple maquina o con cualquier otra cosa. Debemos comprobar su versión, entrevistarlo y, con su permiso, analizar su memoria de registros, para corroborar su explicación con sus datos de actividad.
–Sí, hagan lo que exige sus protocolos. ¿Dónde está ella? ¿Puedo verla?
–Está atrás, tendrá que esperar un poco más para verla, sigue con el equipo de la Unidad Nacional Bennu. Protocolo, ya sabe. Cuando finalicen con el proceso de migración de su memoria le avisaré. Puesto que parece que no hay razones para sospechar que se trate de otra cosa que no fuese un accidente, se le hará entrega directa de la memoria de su madre –Evren asintió sin escuchar lo que le estaba contando el detective–. Ahora, si me lo permite, voy a hablar un momento con su unidad doméstica, ¿Köl?
–Köle.
–Eso, Köle.

Así que mamá se ha ido, dijo para sí misma con la mirada fija en la comida a medio preparar sobre el mueble de la cocina. Pasado un rato se levantó y se dirigió a los fogones. Aske observó atenta los movimientos de Evren desde su posición tumbada frente a la puerta, como si protegiese la entrada a aquel recinto. Así que otra vez algas, mamá. Algas con tu sofrito de cebollas, ajo y tomate. Pero si comimos ayer. ¿Para que querías los higos? Miró a su alrededor. En la sartén descansaba la cebolla frita, ya transparente, cortada en juliana. Rebuscó en sus bolsillos y extrajo la cuchara encontrada en el pueblo abandonado. Pensé que te gustaría, dijo dejándola junto a las pieles de cebolla. De espaldas al mueble de la cocina dejó resbalar su cuerpo poco a poco hasta sentarse en el suelo, su pecho se hinchaba y deshinchaba. Había cierto dolor en ese acto, uno agudo, como una fina aguja clavada en la parte alta del pecho. Una punzada. Aske abandonó la puerta y se tumbó apoyando su voluminosa cabeza sobre sus piernas calmando la molestia imprecisa que se extendía desde el pecho al resto del cuerpo.         

Allí las encontró, fundidas en un abrazo, cuando volvió el detective Binici. Le acompañaba un hombre pequeño que se presentó como técnico de la Unidad Nacional Bennu. Vino a hacerle entrega de la memoria de su madre, un objeto de forma ovalada que anidaba cuidadosamente en sus dos manos. Le explicó que eso contenía toda la información necesaria para reconstruir digitalmente la estructura cerebral de su madre y todas sus memorias hasta el momento del accidente. Que la caída no había dañado el órgano y que la migración se había llevado a cabo sin dificultades. Empezó a hablarle de aspectos técnicos y de los posibles problemas para recuperar parte de los recuerdos y como visualizarlos o experimentarlos. De los diferentes programas que podía usar para acceder a ellos. Hablaba y hablaba pero Evren sólo veía unos labios finos rosados que gesticulaban un lenguaje mudo indescifrable. El pez que había sentido antes revolverse en su cabeza volvía a estar allí, ocupándolo todo, nadando en círculos dentro de su cráneo, desbordándola, hasta que ella se hizo agua y vio la aleta del enorme animal adentrarse entre las verdes columnas de algas que la rodeaban. La rodeaba el bosque de algas con sus cintas oscilantes elevándose hacia la fulgente superficie. Empezó entonces a sumergirse siguiendo uno de los haces de luz que atravesaban el mar, hacia dentro, hacia un azul cada vez más oscuro, donde la luz quedaba tan dispersada que su claridad desaparecía, y todo viraba a negro, un negro impenetrable que ya no la dejaba y la arrastraba aún más abajo, donde las dimensiones perdían todo sentido, donde nada y todo era posible.

–¿Señora Evren? –preguntó el detective acuclillándose frente a ella y sacudiendo ligeramente sus hombros–. ¿Se encuentra usted bien?
–Sí, sí.
–¿Está segura?
–Sí, sí. Sólo un poco agotada, ¿sabe? He tenido un día difícil.
–Sin duda, señora. Venga, permítame que le ayude a ponerse en pie. Siéntese en la silla. ¿Quiere un vaso de agua? –preguntó mientras buscaba en el armario un vaso–. Ah, aquí están. Yo voy a tomarme uno, si me lo permite.
Evren asintió con la cabeza.
–¿Y usted, doctor Elbasan, quiere un vaso de agua?
–No. Estoy bien –contestó el hombre que sostenía el objeto ovalado.
–¿Sabe que vamos a hacer? –dijo el detective Binici mientras llenaba los dos vasos de agua– Vamos a informar ahora mismo a la Oficina para que sepan que usted necesita unos días de descanso, porqué usted es una rabdomante, ¿no?
–Sí.
–Pues eso, avisaré ahora mismo a la Oficina para que le confieran unos días de descanso. Usted no se preocupe, no debe hacer nada, nosotros nos encargaremos de todo. Todo lo que debe hacer usted es guardar reposo. Tome.
Se sentó frente a ella, en la silla acolchada de su madre, dejando su vaso de agua en medio de la mesa.
–¡Ah!, mucho mejor ahora –dijo expirando, acomodándose en el asiento, tras beberse el vaso de un sólo trago–. Beba. Verá como le sienta bien.

Era obvio que aquel hombre no iba a dejar de insistir hasta que hiciese lo que le decía. ¿Cuándo se irá?, esa era la duda que más rondaba a Evren mientras se llevaba el vaso hacia los labios.
–Una cosa más, antes de que me olvide señora Evren –esperó a que ella le diese paso a seguir–. He visto que en nuestros datos consta que su madre estaba casada con Lleshanaku Dedeyan. ¿Supongo que es su padre? 
–Sí.
–Bien, su padre nos consta que marchó a la colonia de Marte para trabajar en las minas como parte del Cuerpo de Perforaciones y Extracciones. También nos consta que sigue vivo, aunque ya no activo, pero sigue allí.
–Supongo. Hace mucho que no tenemos contacto.
–Ya. Lo imaginaba, no tenemos registros recientes de comunicación desde aquí con la colonia. Supongo que su padre es uno más de los muchos desarraigados que no vuelven. Lo que quiero decirle, es que no hemos contactado con él, precisamente por esta incertidumbre que tenía sobre la relación que mantenía con usted y su madre. Se lo digo para que lo sepa. Usted decide si le informa o no. Eso lo dejo en sus manos.
–Gracias –se limitó a responder Evren. No había pensado en su padre hasta ese momento ni tenía intención de hacerlo entonces. Tragó lo que quedaba de agua en el vaso confiando que con aquella acción el nombre e imagen de su padre volviesen a ser engullidas por el olvido.
–Bien –dijo el detective irguiéndose pesadamente–. Pues si no tiene más cuestiones ni desea nada más, creo que nosotros hemos acabado aquí, por ahora. Doctor, ¿nos vamos?
–Sí, detective. Le dejo aquí la memoria Bennu. Si en cualquier momento tiene algún problema o cuestión sobre su funcionamiento, no dude en contactar conmigo. He añadido mis datos a su comunicador, llámeme cuando quiera y resolveré cualquier duda que tenga.
–Gracias.
–No son “memorias” lo que podrá visualizar, a pesar del nombre “memoria Bennu”. El cerebro humano no es una computadora, supongo que es consciente de ello, eso es un simple símil práctico, nada más, muy lejos de la realidad. Si quiere aprender algo de su madre acuda a nuestro centro y le ayudaremos a interpretar lo que hemos podido salvar de su cerebro en la memoria. Estaré encantado de ayudarle.
–Gracias doctor.
–Nos vamos entonces. Hágame caso y descanse unos días, sé lo que le digo –se despidió el detective.

La silla muda. 
Los cojines ahuecados dibujando el vacío. 
El peso de la ausencia, pensó Evren, ningún ley física habla de ello. 








Me dormí esperando



Sentarse bajo una envejecida encina 
a masticar la raíz tierna y jugosa,
masticarla ceremoniosamente,
como lluvia fina de invierno,
chispeado por la memoria,
por su bruma confusa,
de la sed del verano,
de los dientes del recuerdo
atravesando la piel jugosa
del que aguarda sin saber
ante platos vacíos y el triste rostro
del pan enfriándose
que a veces huele a flores,
a veces a humillación.

Esperando,
esperando enterrando los ojos
para no ensuciar con ellos
el agua, el aire, los espejos
que reflejan mi espina,
los huesos que se excitan
palpando el pasado
del sofocante verano
de cuando vencí la gravedad
de los cuerpos desnudos
y los pies descalzos 
que no llevaban a mar ninguno
sino a una orilla de vientos
desatados en mis ojos,
entre la carne de un cuerpo
nunca mío, 
esperando,
aguantando
paciente sus pasos de agua
y asfixiarme en los recuerdos
del verano rendido
de una vida que no rima
ni sabe de melodías.

Me dormí esperando