El patio de luces (2)



Tener una habitación interior que mira al patio de luces es aislarse en la arquitectura del edificio, en el espacio que se cierra al exterior y se vuelca sobre sí mismo. Confinarse al hueco que se construyó en el centro del mismo, circundado por una parte importante de sus habitantes. Cuando me asomaba al mismo, me sentía seguro por ese doble caparazón que parecía poder protegerme de cualquier cosa que pudiese llegar del exterior, la del inmueble como primera barrera de la calle, y pasillos y puertas de la vida en el apartamento. Centrarme en su caída era el equivalente del molusco que cierra sus conchas o el caracol amagándose en su caparazón. Mirar la cavidad que dividía a unos vecinos de otros, de algún modo era volverse hacia el interior de uno mismo. Cuando no había nadie más allí, podía sentir esa obligación de mirarme a mi mismo sin necesidad de espejo. 

Por contra, cuando coincidimos allí varios inquilinos, la oquedad del edificio se convertía en una metáfora del mundo, en el lugar en el que las distintas facetas del mundo se concentraban en un único lugar. Como el prisma que atrae los rayos dispersos de luz para concentrarlos en un mismo punto. Así nos veíamos también atraídos parte de los arrendatarios a los ventanales y galerías minúsculas, entre las que circulaba el ascensor como un elemento amenazante. Conformábamos un pequeño microcosmos donde se aglutinaba gente de diferentes religiones y de todos los continentes: europeos, asiáticos, africanos y americanos. A veces creía estar en el centro del mundo, rodeado de formas de vida y un sinfín de idiomas diferentes. Era nuestra pequeña torre de Babel, nuestra propia red social. Todo lo que en el mundo era posible, existía allí dentro. Lo exterior, en su totalidad, siempre está contenido en lo interior, y también en su centro, es decir en el patio de luces. Allí se expresaba y se vivían todas las emociones del mundo, aumentadas por los ecos de sus paredes por las que trepaban y resbalaban las palabras y sonidos guturales de gozos y tragedias. A diferencia de las redes sociales digitales, donde los sentimientos y emociones están disgregados en sus diferentes formatos; la amistad son el centro de Facebook, los celos y los odios, el de Twitter, Tender, concentra el deseo, LinkedIn, las ambiciones de sus usuarios, mientras que Instagram ensalza la admiración y el amor, mi patio de luces lo tenía todo. En él se manifestaba el conjunto de las inquietudes humanas en su totalidad, sin necesidad de recurrir a ningún otro espacio para observarlas.

Algunos viernes el hombre de la planta baja se sentaba a primera hora de la mañana en la galería, recostado sobre uno de los brazos de plástico de la silla, a recitar por más de media hora, versículos del Corán. Los entonaba monótonamente, como un mantra, sin descansos, un sonido detrás del otro, balanceando ligeramente el cuerpo sobre su asiento. La primera vez que escuché aquel canto metálico desde mi lecho, aún en el duermevela, me imaginé de vuelta en Turquía o en Marruecos, donde las llamadas de los almuédanos desde los alminares convocando a sus feligreses a las horas de oración, me habían despertado en numerosas ocasiones. Luego, al asomarme a la ventanilla, descubrí al hombre, con sus gafas de estructura metálica en la punta de la nariz y el libro sobre las rodillas, del cual iba pasando páginas de derecha a izquierda. Lo observé un rato, pero enseguida dirigí la mirada a la primera planta, justo por encima de su cabeza. 

Había detectado movimiento allí e inconscientemente, de una manera incontrolada, volqué la vista en ese nuevo objetivo. Retrocedí un poco desde mi posición en la ventana, como el gato que se encoge y se arrima al suelo ante la presencia de un pájaro, con la intención de saltar sobre el mismo. Era el piso de la pareja rumana. De él apenas me acuerdo, apenas lo veía, pues desde mi puesto, lo que veía era prácticamente parte de la cocina cuando dejaban la puerta abierta y la galería donde tenían la lavadora, la fregona, la escoba y tendían la ropa. Al parecer, dominios del apartamento a los que el miembro masculino raramente accedía, siendo ella la protagonista, más cuando solía pasearse por la cocina, con frecuencia en esos meses calurosos, desnuda. Resguardado a una distancia prudencial del hueco de la ventana, me gustaba mirar aquel cuerpo, casi siempre en parte velado por la penumbra de la cocina. Las sombras ayudaban a que mi imaginación completase aquel esbozo de curvas que entraba y salía permanentemente de la negrura en la que se difuminaba el apartamento. No entendí nunca esa reacción mía a esconderme para no ser visto, pues ella parecía disfrutar exhibiendo su cuerpo al vecindario. Si tendiendo la ropa descubría a los hermanos del cuarto observándola, los saludaba, les sacaba la lengua y seguía con su tarea. Si la que la descubría despojada de cualquier prenda, era su vecina de enfrente, la colombiana, ésta empezaba a proferir una ristra de palabras que parecía interminable: zunga, fufurufa, perra, chunchurria, hueva, balurdoloca, loba, ramera, chuchona, gurrupleta, garbimba, tarada, culicagada, tápase la zurupa desvergonzada, y otras muchas expresiones que no recordé registrar en su momento. La rumana, lejos de intimidarse, se limitaba a decir alguna cosa en su lengua mientras bamboleaba sus senos acompañada de una risa de adolescente traviesa. Disfrutaba desafiando a la sudamericana. Mientras ésta seguía atosigándola con su vocerío, extendiendo sus brazos hacia ella como si quisiera asirla por el cuello para estrangularla, ella se retiraba hacia la penumbra de su cocina, no sin antes elevar su trasero. En ese momento, se oía la risotada que caía de los chiquillos del cuarto, al tiempo que la colombiana solía arrearse una palmada en la frente para luego rascarse, con todos los dedos, el cuello y los hombros. Entraba a veces en un estado de histeria ante aquella actitud, que la inducía a seguir desgañitándose, –¡Zunga! ¡Furufa! ¡Culicagada!–, mientras probaba de saltar la tapia que las dividía. En ocasiones, algún otro vecino tenía que salir entonces a abrocarla para que se callase de una vez. Que los dejase descansar o que no podían seguir lo que decían en la televisión. Otras, era el marido de la mujer rumana, quien harto de escuchar tantas injurias se personaba en la galería y le respondía con las frases más chocantes que he escuchado en mi vida. "Mete tu mano en mi culo y mastúrbate con mi mierda", "usa como champú tu saliva para el pelo de mi verga" o "seco mis calcetines en la cruz de tu madre". Ante ese elenco de improperios de perversión y blasfemia desmesurados, la mujer no podía hacer más que callar, retroceder y encerrarse en su casa. Ya tendría la ocasión de ajustar cuentas en otro momento. Allí nunca cedía nadie. La rendición no existía.  

La tapia que delimitaba ambas galerías era nuestras versión particular de todos aquellos muros vergonzosos que se levantaban en el mundo. Venía a corroborar que el mundo interno abarcaba todas las posibilidades del mundo externo. Que aunque a veces me sintiese allí protegido de los agentes externos, en realidad seguíamos siendo vulnerables a todo lo que sucedía fuera y lo reproducíamos en el patio de luces, incluso lo magnificábamos, por la intensidad del espacio reducido que nos recluía. El paisaje de alambre y hormigón habían proliferado en los últimos años en el mundo, se dejaba ver entre Ceuta, Melilla y Marruecos, entre Marruecos y el Sáhara Occidental, entre Israel y Siria, entre Israel y el Líbano, entre Israel y Cisjordania, entre Israel y Gaza, entre Sudáfrica y Zimbabue, entre Sudáfrica y Mozambique, entre las dos Coreas, o entre la India y Pakistán, entre Pakistán y Afganistán, Irán y Afganistán, entre Irak y Arabia Saudita, entre Arabia Saudita y Yemen, entre Birmania y la India, entre la India y Bangladesh, en el muro que separa Guantánamo del resto de Cuba, o los alzados entre Grecia y Turquía, Bulgaria y Turquía, entre Chipre y Chipre del Norte, entre Estados Unidos y México, entre Túnez y el Líbano, entre Ucrania y Rusia, entre Rusia y Estonia, entre Rusia y Letonia, o los alambre alzados en Eslovenia, Croacia, Hungría y Serbia para frenar el avance de refugiados del Próximo Oriente por Europa. Recuerdo la alegría con la que se vivió en casa el día que los berlineses salieron a la calle con pequeños martillos caseros y entre todos, a base de patadas, de saltar sobre el mismo, de aporrearlo con todo tipo de objetos, miraron de echar a abajo aquel muro que había divido su ciudad y el mundo durante más de veinte años. Mi abuela paterna, lloraba de júbilo, no daba crédito a lo que mostraban los noticiarios, el muro caía, por fin sus amigas de infancia, las que seguían vivas y habían quedado al este, podrían acudir al oeste a las reuniones anuales de amigas del instituto. Todo el mundo estaba de celebración. Se pensó entonces que las verjas, los alambres y el hormigón pasarían a la historia, una vez agotada la Guerra Fría, pero lejos de eso, no hicieron más que crecer los kilómetros reforzados con estructuras que nos dividen o nos impiden el paso. Están por todas partes, en las fronteras, en las urbanizaciones que se encierran tras vallas guardadas por miembros de seguridad, en las zanjas que levantan las casas entre sus jardines y propiedades dentro de las urbanizaciones, las alarmas antirrobo en puertas y ventanas, los pestillos para encerrarnos en nuestras habitaciones protegiendo nuestra intimidad, las púas en las ventanas para que las palomas no puedan posarse en el alféizar, y la tapia de las galerías de mi patio de luces. El mundo se había globalizado y los individuos ansiábamos más que nunca aislarnos los unos de los otros.

Aquel era, sin duda alguna, el mayor conflicto dentro del inmueble, si no el más grande si al menos el más ruidoso. Todos los vecinos tenían constancia de su existencia y repartían sus posiciones por las dos partes implicadas. La desnudez, el cuerpo del otro, seguía siendo causa de confrontación. No deja de ser intrigante que lo que nos conforma, la materia de lo que estamos hechos, haya sido a lo largo de la historia un campo de batalla contante. Más, cuando el cuerpo es uno femenino. Recuerdo que en las fiestas del pueblo, durante varios años consecutivos, siendo yo todavía un adolescente, siempre saltaba al escenario, donde estaba tocando una de esas orquesta chimba-chumba-pim-pom, un hombre que sin avisar dejaba caer sus pantalones. Todo y que algunos se tapaban los ojos o le increpaban a abandonar el entablado, la mayor parte de la audiencia reía y aplaudía la acción, incitando al hombre a proseguir con su baile para mofarse del pene flácido que colgaba entre sus piernas. Mis amigos y yo, entonces unos rostros salpicados por granos y pequeñas infecciones purulentas, comentábamos su longitud, considerando, entre bromas, cual sería el largo del mismo en estado de erección. Otro diálogo interno, no compartido con los otros, era la inevitable comparación con nuestros respectivos miembros viriles. Resultaba interesante escuchar los comentarios de las muchachas que nos acompañaban sobre el mismo, para tener una referencia femenina sobre la transcendencia de la longitud y envergadura del miembro. Y si bien aquel exhibicionismo se trataba como un acto festivo, no entendí nunca, porque ese otro exhibicionismo, el de la rumana, restringido a los límites físicos de su propiedad, despertó tanto debate en el vecindario. Encontró la oposición de muchas mujeres que encontraban que su cuerpo era ofensivo. No podía permitirse que sus hijos o sus maridos estuviesen expuestos a una desnudez ajena. El recitador del Corán también se mostró a favor de prohibir el salir desnudo a la galería o la terraza, todo y que desde su posición nunca había podido ver a la vecina que le quedaba justo encima. El pakistaní del tercero también se sumo al grupo de los prohibicionistas, alegando que era un mal ejemplo. Igual hicieron los padres de los hermanos del cuarto. Restaban importancia a que sus chiquillos se pasasen el día escupiendo al resto de los vecinos, pero los pechos y curvas de aquella mujer si les parecían de lo más perturbador. Imagino que los inquisidores del desnudo querían prohibirlo porque en realidad se lo tenían prohibido a sí mismos. Y en cualquier caso consideraban el mismo como un anticipo de sexo. Una invitación al pecado y el desenfreno de pasiones que preferían mantener bajo llave. Fueron pocos los que se decantaron por la libertad de la rumana a andar por casa como quisiese. 




El patio de luces



Aquel verano lo pasé en uno de esos agujeros inherentemente barceloneses que se anuncian como "habitación interior". Un pequeño espacio, diminuto, en el que apenas entraba la cama, con un pequeño ventanal que se abría al patio de luces, un hueco de caída vertical, antaño ocupado por los lavaderos y donde hoy el ascensor le ha robado gran parte de su dimensión y, sobre todo, de su claridad. Los patios de luces, en los tiempos modernos, se convirtieron en galerías verticales lóbregas y cajas de resonancia. Aquella, a la que tenía acceso desde mi dormitorio, no era una excepción. Una cavidad en parte arrebatada por el elevador y el continuo ronroneo de su motor, allá en lo alto, que en ocasiones me hacía creer que habitaba el interior de un gato feliz. Luego, alguien pulsaba uno de sus botones e inmediatamente todo el ingenio empezaba a rechinar y crujir, como si el objeto, refunfuñase por su acotado destino de desplazarse en dos dimensiones, de arriba a abajo y viceversa, siempre a voluntad de los otros. El gruñido quejoso era mucho más evidente de noche, cuando algún inquilino, a unas horas intempestivas, deseaba hacer uso del mismo. Entonces la queja del mecanismo caía como lluvia a lo largo del agujero, los cables de los tenderos de ropa vibraban armoniosos y sábanas, camisetas, calzoncillos, calcetines, sujetadores y otros trapos varios, ululaban ondeando al paso cansino de la cabina, mostrando sus condolencias por aquella tarea tan ingrata de complacer, sin opción alguna, a los humanos. Uno de los humanos que solía abusar reiteradamente a esas inhóspitas horas del artilugio, era uno de mis compañeros de piso. 

Trabajaba de camarero, aunque él prefería el término "bartender", en un local de la calle Verdi. Donde antes habían pequeñas bodegas, donde pasar acaloradamente una velada bajo las aspas de un ventilador entre barricas de vino y botellas de vermut locales, habían florecido locales, de cuyas falsas traviesas pendían espectaculares bombillas, cuya refulgencia se debilitaba por pantallas y mamparas metálicas de extravagantes diseños. Todas ellas mecidas por la gélida brisa del aire acondicionado, a cuyos pies se alzaba una barra llena de pinchos vascos de suculentos colores y camareros –perdón, bartenders– de barbas bien recortadas y tatuajes que parecían querer escapar de los cuerpos que los encarcelaban. Sus arabescos y geometrías célticas asomaban bajo las mangas de las camisas, trepaban por las nucas, más allá de de los cuellos de camisas, e incluso colgaban de los pabellones auditivos sistemáticamente perforados por arandelas de todos los calibres. 

Uno de esos barbiespesos tatuados lleno de piercings era uno de los cuatro componentes del apartamento. Los tres metros que se desplegaban desde la salida de la cabina del ascensor a la puerta del piso, los recorría sobre su monopatín, aunque fuesen, como era habitual, las tres de la madrugada cuando volvía del trabajo. Llegué a familiarizarme con aquel golpe seco que frenaba su desplazamiento contra la puerta de la entrada, seguido del metálico tintineo de un llavero sobrecargado de llaves –que incluía llaves de casa, del trabajo, del piso de la novia, del de los padres, el abuelo, así como todos los pisos compartidos anteriores por los que había transitado–, hasta que el pestillo del cerrojo hacía "clic" y le concedía el paso. Entonces, efectuaba su ritual nocturno: encender las luces del pasillo, las de su habitación, acurrucar el monopatín en una esquina, volver al corredor, encender la luz del lavabo, levantar la tapa del mismo, orinar sin haber cerrado la puerta para que todos disfrutásemos del relajarte sonido de un fluido cayendo sobre otro a esos horas de la noche y volviésemos a dormirnos, despertar, al siempre gruñón armatoste del lavabo, tirando de la cadena y su consiguiente renegar hasta rellenar sus tripas de nuevo. Nunca le pasó por la cabeza cerrar la puerta del lavabo al llevar a cabo sus actividades íntimas. Remataba el ritual recostado sobre su cama, con algo de música y un buen porro de marihuana. No concebía mejor manera de acabar el día. Pasado un rato caía redondo. Entonces emergían sus ronquidos carrasposos. Él ya dormía, mientras yo, que hasta su llegada había conseguido congeniar el sueño, me batía exasperado con los muelles de la cama que clamaban protagonismo a través del colchón. No era breve el tiempo que transcurría hasta que lograba dormitar de nuevo.

La suerte de esa experiencia nocturna no afectaba tanto a los otros dos compañeros del apartamento. Ellos, gozando de la jurisprudencia no escrita de "compartir piso en Barcelona", que otorga grandes ventajas físicas y económicas a los miembros más antiguos del inmueble, ocupaban las habitaciones más grandes y alejadas de la entrada. Con unos dormitorios espaciosos y alegres vistas a la plazoleta, podían permitirse el exceso en las noches de más canícula, de abrir las ventanas, y sobre todo, cerrar las puertas enclaustrándose así en sus respectivos aposentos. De esta manera quedaban inmunizados ante el quejido del elevador y el orinar del compañero bartender. Intenté pasar una noche con la puerta de mi cubículo atrancada, para aislarme de las acciones trasnochadoras del compañero, y casi muero sofocado, abrumado por la calina que se formó. Sudaron las paredes y desperté en el charco húmedo y blando del colchón que yacía flácido escurriéndose entre los rendidos muelles del somier. Evidencié que no podía confinarme en mi reducido espacio. La puerta debía permanecer abierta. 

Xavier, el trabajador social, sí que podía. Solía pasar las horas en su mundo privado, estirado sobre su ancho y aparente cómodo lecho, sumergiendo sus temblorosos ojos, permanentemente taciturnos, en alguna novela criminal. Su rostro triangular de ratón pendulaba pausadamente de una página a otra. Sin duda, el movimiento más vivaz y dinámico que transmitía su cuerpo, pues los brazos suspendidos sobre los hombros mustios que encorsetaban aquella cara de roedor de libros, solían afianzarse a los bolsillos de los pantalones para evitar cualquier movimiento. Disfrutaba la lectura de aquellas historias siniestras por la misma razón por la que decía gustarle su trabajo social con drogadictos y alcohólicos: para que la aflicción innata que gobernaba su organismo fuese más llevadera. Sus pasos eran tan entristecidos que ni el suelo se atrevía a crujir para no entorpecer su inapetente avance. Era tan discreto, que había días en los que uno se olvidaba de su existencia.

La presencia de Ramón era mucho más palpable, casi la mitad de los productos del frigorífico llevaban rotulado su nombre, etiquetas adhesivas impresas en la oficina del trabajo, que aparecían marcando un sinfín de alimentos y objetos. En uno de los armarios podía encontrarse uno con latas de conservas caducadas tres años atrás identificadas con su nombre. El producto que nunca se le pasaba, con la tasa de reposición más rápida, eran las bolsas de patatas fritas. Nunca andabas solas, solían ir emparejadas, sin lealtad a marca alguna, por las baldas de la cocina desfilaban en todas sus modalidades. Lo sustancial era que fuesen crujientes y que estuviesen de oferta. Muchas llevaban estampado en sus coloridos envoltorios: "¡Oferta pack económico!", "-50% en la 2ª unidad" o "50 Gr gratis". Todo aquel ahorro se acomodaba admirablemente en la masa que constituía su complexión, ejemplo de adaptación a la vida de oficina frente a un ordenador. Una figura de curvas maleables idónea para ensamblarse a cualquier silla o sillón de despacho. Para contrarrestar los pequeños ojos de Xavier, los suyos eran una gran fuente, ávidos de cualquier información de origen digital. Como las antenas que otean el vasto universo en busca de señales del origen de la materia, sus ojos absorbían toda señal transmitida por una pantalla. Acompañaba sus desplazamientos, cualquiera, por pequeño que fuese, con algún dispositivo electrónico. Incluso, cuando se encerraba en el lavabo. A diferencia del bartender, Ramón si cerraba siempre la puerta del lavabo, y era capaz de pasar largos ratos allí dentro. A veces se le oía hablar con alguien, tanto en castellano como en inglés, desde el mismo, usando el tiempo en el servicio para sus conferencias personales o profesionales. Llegué a imaginar que el móvil o la tablet estaban acoplados a sus dedos rollizos. Me preguntaba como aquellos pulgares e índices eran capaces de atinar sobre los pequeño teclados digitales de sus pantallas. 

Ramón era un buen muchacho, a pesar de ostentar la jerarquía más alta dentro de aquel pequeño colectivo, que le privilegiaba con la habitación más grande, y todo y eso, con posiblemente el pago más económico entre nosotros. Nadie, a excepción de él, sabían de la contribución mensual de los otros habitantes a la renta mensual. Nadie se atrevía a preguntar al resto, de iniciar un motín, pues nadie quería poner en riesgo un posible futuro, en el cual al ir escalando en la jerarquía de antigüedad, fuese a perder los privilegios que otros habían gozado antes. Esa posibilidad, por minúscula que fuese, de ascender en derechos y económicamente, bloqueaban cualquier movimiento revolucionario de la comunidad. El contrato original con la dueña de la finca era el secreto mejor guardado de Ramón. Una información a la que los otros raramente podían acceder. De hecho, las finanzas de los pisos alquilados compartidos, han sido a lo largo de la historia tan foscas como las cloacas de la urbe que corren hacia el mar. Lo normal es resultar engañado, contribuir de una manera desproporcionada por la peor habitación y cubrir si no completamente, de manera cuantiosa, el alquiler del firmante del contrato, en nuestro caso de Ramón, aunque fuese también él, quien posiblemente tuviese el mejor salario. Así, y buscando las bolsas de patatas fritas en oferta es como se gestaban las pequeñas nuevas fortunas a principios del siglo XXI. 

Fue el propio Ramón quien me entrevistó antes de aceptarme como nuevo inquilino. No mostró interés por mi persona, básicamente por mi economía, si tenía la capacidad de cubrir el alquiler mensual durante los meses acordados, era el tema que más le preocupaba. Le comenté que sí, que no debía angustiarse por ello, que en lo económico no daría problemas. Tampoco fumo, añadí, ni soy muy dado a las fiestas alocadas, aclaré, pero eso dijo que no le importaba. "¿En que trabajas, si puede saberse?" preguntó pasándose un pañuelo por la nuca. Todo el cuello de la camiseta estaba humedecido. También las axilas, así como el espacio hueco entre las tetillas fofas. Medité un momento mi respuesta. En aquel momento estaba en paro, era una de esas personas que tenían libertad para estar en la plaza durante el día, todo y no pertenecer ni a la categoría de los niños, que carecen de ocupación en verano, o al de las personas jubiladas. 

Yo pertenecía a un tercer grupo, al de esas personas de mediana edad cuyas vidas son oscuras, irregulares y en mi caso particular, no servía conscientemente para nada. Era el producto de haber sido el primogénito, o eso me gustaba creer, para así despojarme de parte de la responsabilidad de mi fracaso. Había leído que era frecuente que los padres depositasen grandes expectativas sobre los primeros hijos, que ésta acción injusta y desmesurada, engendraba en el hijo la sospecha perpetua de no estar nunca a la altura, de vivir con el terror de no cumplir con cierto designio que otros habían diseñado a su imagen y semejanza para el futuro. Era un explicación muy conveniente que me ayudaba a justificar mi, entonces, perpetuo estado de apatía, salpimentado por momentos de hedonismo como recompensa por aquel período de excesiva presión que había marcado mi infancia y juventud. Había mentido tanto sobre mi persona, sobre todo a mi mismo, que no era capaz de reconocer la verdad de la mentira en mi vida. Para entonces, ya tenía creado un contorno de mi personalidad con el que presentarme a los otros, un esbozo de lo que era que quería que los otros viesen, que ellos mismos, a partir de esos trazos reconstruyesen un yo, que no era, que me evitase entenderme a mi mismo. Resultaba mucho más fácil satisfacer las expectativas de los otros que encontrar unas propias. Tanto había desarrollado esa estrategia, que adivinaba fácilmente la personalidad de mi interlocutor analizando sus gestos y sus expresiones verbales, haciéndome un perfil social y cultural del mismo y atribuyéndole lo que alguien así esperaría de alguien como yo, aunque no tuviese ni idea de como era ese yo. No me entendía lo más mínimo. No sabía quién era ni lo que quería. Pero, qué importaba, ¿quién no ha querido transformarse en un individuo diferente? ¿Quién no fue distinto y añoró integrarse en la uniformidad? Yo podía ser muchas personas diferentes, una distinta para cada grupo de gente, e integrarme así a todas las uniformidades existentes. ¿Por qué conformarme con una cuando podía explorarlas todas? Podría haberle dado esta respuesta, explicarle que andaba sumergido en una fase de eliminación y descarte de personalidades inservibles, que había ido generando con los años, con el fin de encontrar algún atisbo de originalidad o particularidad que pudiese considerar mía. Que me estaba tomando un tiempo libre para dar con algo de mi que careciese de injerencias externas. Pero temí que le indujese a pensar que era alguien atacado por episodios psicóticos, así que callé y busque entre algunos de mis bocetos, alguno que resultase conveniente para salir del paso. Así fue como ingresé en el piso compartido aquel verano de 2016.

Me llevó unas semanas, pero al final, llegué a integrarme en el cosmos del patio de luces. Despertaba por las mañanas con las voces de los dos hermanos del cuarto, un piso por encima del nuestro. El niño y la niña jugaban allí, sacando medio cuerpo por el ventanal, a sostener un hilo de saliva lo más largo posible que solía acabar perdiéndose en el hueco que atravesaba el edificio verticalmente. En ocasiones la dejaban caer, mirando que ésta pasase por la brecha existente entre la cabina del ascensor y el rellano de la entrada. Esta modalidad, la practicaban especialmente cuando algún vecino entraba o salía del aparato. La vecina de la primera planta, una colombiana que vivía allí con su pareja y su madre, era la que más sufría sobre su colada las consecuencias de aquella práctica. Justicia divina, pensaba algunas mañanas al ver uno de esos escupitajos acertar sobre la ropa limpia tendida de la susodicha. Me vi tentado en ocasiones a incorporarme al juego, a tirar a dar gargajos contra los sostenes de aquella señora de voz afilada que hablaba y hablaba hasta altas horas de la noche. Me consideraba su confidente secreto. Oía todas las conversaciones que mantenía vía Skype con diferentes familiares y amigos allá en su Colombia natal. Sus griterios y risas a pecho partido a las dos de la madrugada y la música latina que emitía su móvil cuando alguien la llamaba, al despertar me tentaba a unirme a los hermanos del cuarto. Al final nunca lo hacía. No osaba escupir sobre sus ropas. Me limitaba a observar la competencia de los niños por ver quien era el más certero de ellos en silencio, alegrándome de manera ridícula, hasta vergonzante, cuando las babas hacían impacto en la ropa de ésta.