Sobre la evolución de la belleza


Se atribuye a los escolásticos de la Edad Media la expresión “De gustibus et coloribus non est disputandum“, que literalmente se traduce como “sobre gustos y colores no hay disputas”. Expresión proverbial, que al igual que la más popular “sobre gustos no hay nada escrito”, hace incidencia sobre la subjetividad de los gustos personales y la inutilidad de discutir por ellos. Tirso de Molina, en su pieza teatral “El vergonzoso en palacio” publicada por primera vez en su obra miscelánea Los cigarrales de Toledo, publicada en Barcelona en 1624, dejó constancia de la subjetividad de lo bello:
Don Antonio: Y de las dos, ¿a cuál juzgáis, prima, vos, por más bella?
Doña Juana: Más se inclina mi afición a la mayor, aunque mi opinión refuta en parte el vulgo hablador; más en gustos no hay disputa, y más en cosas de amor.
La idea que afirma que la belleza está en el ojo del espectador (subjetivismo) ha sido una de las teorías predominantes en la rama de la filosofía que aborda el campo de la estética. Sus estudiosos llevan años preguntándose: ¿Qué es lo que hace bellas las cosas?, ¿Existen patrones estéticos universales? Curiosamente el concepto “belleza” etimológicamente significa “brillar”, “aparecer”, “ser visto”, y por tanto en un principio se consideraba una cualidad de los seres y los objetos. La belleza se entendía como algo objetivo, concepto que con el tiempo se fue relativizando al admitirse la subjetividad de la experiencia estética y de la belleza. Pero, ¿es realmente subjetiva la experiencia estética?
En el mundo clásico griego se definía la belleza en función de toda una serie de propiedades como el orden, las medidas, las proporciones, el equilibrio, la luminosidad, etc., entendiéndose que unas características resultan más atractivas que otras, hasta que en el siglo XVII el gusto, el placer individual de la contemplación de la belleza, y por tanto la subjetividad, empiezan a cobrar importancia al hablar de belleza. Otra teoría ampliamente extendida, entre aquellos que estudian la belleza, sostiene que los valores estéticos dependen del marco cultural, los individuos pertenecientes a una misma cultura comparten, en lo esencial, unos gustos similares (culturalismo). El filósofo Denis Dutton, frente al subjetivismo y el culturalismo de la belleza, planteó una tesis universalista, considerando que la estética es universal, arraigada en la psicología humana como resultado de la evolución de la especie. Para Dutton, la apreciación de la belleza, en el caso de los humanos, radica en lo virtuoso, encontrando que la belleza reposa sobre las acciones o los objetos bien hechos, de manera que la selección natural habría con el tiempo moldeado el gusto del espectador hacia aquellas acciones u objetos bien hechos al ser estas cosas beneficiosas para la supervivencia. Lo virtuoso se visualizaría como bello ejerciendo atracción y aportando placer a los individuos que la contemplan. La belleza viene así determinada por lo “bien hecho”, y ejerce atracción en la medida que manifiesta las habilidades y destrezas de quien ha fabricado o ejecutado la acción.
Así pues, Dutton, en su conferencia de 2011 en TedEx titulada “A Darwinian theory of beauty“, establece, como la mayoría de los evolucionistas, una relación directa entre la selección sexual y la selección natural. Se da por asumida la importancia de la selección natural sobre la elección de la pareja a la hora de reproducirse. Ello implica, que los caracteres sexuales secundarios, que los individuos de un sexo desarrollan para atraer a los del otro sexo, son señales “honestas” vinculadas a la capacidad de supervivencia del individuo. Esta es la idea más extendida entre los biólogos: la existencia de una relación directa entre la selección sexual y la selección natural.
Por ejemplo, se considera que sólo los pavos reales más enérgicos y más saludables, son capaces de desarrollar una cola-abanico tan grande como para seducir a las hembras y anteponerse a sus competidores. De manera que las características que lo hacen bello y estético a ojos de las hembras, no son más que señales que en el fondo están demostrando su buena condición física, e indirectamente que es portador de unos genes buenos para la supervivencia, permitiendo así a las hembras a tomar decisiones a la hora del apareamiento con consecuencias adaptativas para la población.
Sin embargo, como Richard O. Prum, nos recuerda en su artículo “Aesthetic evolution by mate choice: Darwin’s really dangerous idea“, la idea de Darwin de la selección sexual, no es la de ésta como un mero subproducto de la selección natural, sino la de una fuerza distintiva, en la que las preferencias estéticas y la concepción de belleza por parte de los individuos, no tienen porque vincularse directamente con cualidades que garanticen una mayor supervivencia de los considerados “bellos”.
En la edición de Charles Darwin de The descent of man, and selection in relation to sex, de 1871, puede leerse:
Sentimiento de lo bello.– Se ha afirmado que este sentimiento era también peculiar al hombre; pero cuando vemos aves machos que despliegan ante las hembras sus plumajes de espléndidos colores, mientras que otros, que no pueden ostentar tales adornos, no hacen ninguna demostración semejante, no podemos poner en duda el hecho de que las hembras admiren la hermosura de sus compañeros. Su belleza como objeto de ornamentación no puede negarse, ya que las mismas mujeres se sirven de las plumas de las aves para su tocado. Al mismo tiempo, las dulces melodías del canto de los machos durante la época de la reproducción, son objeto de la admiración ostensible de las hembras. Porque, en efecto, si estas fuesen incapaces de apreciar los magníficos colores, los adornos y la voz de sus machos, todo el cuidado y anhelo que estos ponen en hacer gala de sus encantos, serían inútiles, lo cual no puede admitirse. (El origen del hombre. La selección natural y la sexual. Pág. 53-54 de la versión castellana publicada en 1880 por los editores Trilla y Serra en Barcelona, Imprenta de Damian Vilarnau)
En el párrafo anterior y otros a lo largo del libro, Darwin hace, una y otra vez, referencia explícita a una concepción estética de la selección sexual. Sugiere que cada especie ha desarrollado sus propios “ideales de belleza”, y que por tanto puede entenderse que los ornamentos sexuales secundarios son totalmente arbitrarios. Tienen éxito entre los individuos de una población porque son los preferidos, aquellos por los cuales los individuos han desarrollado un mayor gusto estético y consideran más bellos y por tanto deseables. En definitiva se trata de una cuestión de gustos, sin ninguna otra carga significativa.
Según Prum, los cantos, los ornamentos y las danzas de los pájaros no han evolucionado porque indiquen la presencia de unos buenos genes, sino simplemente porque los animales que los escogen se ven atraídos por ellos, les gustan esos caracteres de una manera puramente arbitraria. Dichos caracteres no son objetivamente informativos, sino subjetivamente placenteros. Al subyugar la selección sexual bajo la selección natural, estamos negando la capacidad de los animales y por lo tanto de nosotros mismos, de tener experiencias subjetivas. Desde que la evolución se coló en el mundo de la psicología, los psicologos evolucionistas han mirado de justificar todas las conductas desde un prisma evolutivo, donde todo tiene que tener sentido y poder justificarse biológicamente.
En las páginas de su reciente libro “The evolution of beauty: How Darwin’s forgotten theory of mate choice shapes the animal world – and us“, argumenta la relevancia de la experiencia subjetiva, recuperando así el concepto de belleza y de lo estético al campo de la biología y las ciencias. En ellas resalta la importancia de la arbitrariedad, sus años de estudios de comportamiento animal en aves, le han llevado a concluir que las aves escogen a unos machos con una serie de cualidades simplemente porque les gustan, por placer, no porque esas cualidades sean objetivamente informativas de otras cualidades. Desde 1982 ha estado observando el comportamiento y la evolución de unos pequeños pájaros nativos de la América tropical pertenecientes a la familia Pipridae, popularmente conocidos como saltarines, bailarines o manaquines, en los cuales los machos de las 54 especies ostentan coloridas plumas, largas colas, extravagantes reclamos o ejecutan curiosas danzas para atraer a las hembras. Para Prum, la especializada combinación de cantos, coreografías, conductas y colores, son un gran ejemplo de “radiación estética“: una muestra de 54 conceptos diferentes de belleza que han conducido a las especies hasta su morfología y aspecto actual.
La idea no es nueva, dice, un siglo atrás, el genetista Ronald Fisher ya llamó la atención sobre aquellos caracteres extremos de algunos organismos, que sólo podían explicarse por un proceso de co-evolución entre el atractivo de los mismos y su desarrollo, que al final podían llevar a las especies a un camino sin salida elaborando unos caracteres que lejos de mejorar su supervivencia la dificultaban. Pero al igual que Darwin, su idea fue mayoritariamente ignorada.
Desde un principio Darwin remarcó la importancia de la selección sexual como algo al margen de la selección natural, donde la estética y el deseo subjetivo jugaban un papel importante, donde las hembras eran las que escogían y por tanto podían actuar como importantes agentes evolutivos. No sorprende que la idea no gustase ni cuajase entre sus contemporáneos en la patriarcal Inglaterra Victoriana. Fue Alfred Russel Wallace, quien contribuyó con Darwin en la definición de selección natural, quien convenció a Darwin de que la selección sexual debía estar subyugada y relacionada con la selección natural. Sus convicciones religiosas y sociales de la época, así como su concepción de que la selección natural era suficiente para explicar el proceso evolutivo, condujeron a que al final se aceptase que la selección sexual estaba estrechamente ligada a la selección natural, como un mero producto de la misma. Dos procesos con resultados iguales, como dejaría constancia en su libro Natural selection and tropical nature (1895):
“…si existe una correlación entre los ornamentos y la salud, vigorosidad o mejores cualidades para sobrevivir, entonces la selección sexual del color o del ornamento, de lo cual hay pocas evidencias, resulta innecesaria, porque la selección natural, la cual se admite como la “vera causa”, produce por si misma los mismos resultados… La selección sexual es así innecesaria al resultar totalmente inefectiva.” [pp. 378–379]
La influencia de Wallace ha llegado hasta el día de hoy. Para Prum, el rechazo general de la selección sexual como algo diferente, no es meramente científica, sino que tienen unas profundas connotaciones sociales y filosóficas, en las que el placer y la experiencia subjetiva del mismo, se dejan fuera de la ecuación si no es para encajar en el concepto de la selección natural. Se trata de una visión “higiénica”, ética y moral, donde el placer no puede ser subjetivo, debe tener una razón de ser. Un temor a que las preferencias femeninas sean potenciales agentes de cambio, donde su autonomía sexual, lleve a elecciones puramente estéticas actuando así como una fuerza evolutiva más que puede generar belleza sin utilidad y funcionalidad alguna.
Como Prum dice “Si mencionas algo relativo a ciencia feminista, recibes inmediatamente una serie de comentarios negativos, pero la idea detrás del libro no es la de acomodar la ciencia con los principios feministas. Es más bien el descubrir conceptos feministas dentro de la propia biología“. La libre elección no es una mera ideología, emerge de la evolución, y al mismo tiempo se convierte en un moldeador de la propia evolución. Así pues podríamos deducir que Prum se adhiere al subjetivismo que defienden los filósofos que se dedican al estudio de la estética y la belleza: la belleza está en el ojo del espectador. Y esa belleza subjetiva es un una importante pieza de los mecanismos evolutivos que van moldeando los organismos.


Dejar en las puertas del local las vestiduras, los pecados, y sobre todo la memoria



Casi recién aterrizado en Barcelona, me reuní ayer con dos amigos para acudir a un concierto en el característico barrio de Gràcia. El evento estaba programado para ejecutarse en la sala de actuaciones de la Asociación Cultural Magia Roja, que lleva un buen tiempo apostando por las músicas y las muestras de arte alternativas en una ciudad cada vez más asfixiada por su éxito turístico, pero al final, dado que el ayuntamiento les exige la insonorización adecuada del local para seguir con su programa, han tenido que cerrar puertas y arrancar un crowfunding entre sus socios y visitantes para poder cubrir los gastos de la insonorización de la sala. Obligados a cerrar sus puertas, finalmente encontraron un espacio alternativo a la vuelta de la esquina, en una antigua casa del barrio ocupada y bautizada como La Usurpada. Fue en su primera planta donde al final las dos bandas recién llegadas de Francia ejecutaron sus piezas musicales.

Primero actuaron el duo zOH compuesto por H (Heloïse Zamzam) controlando los dispositivos electrónico, los viejos radiocasetes y cintas magnéticas, y haciendo las voces, mientras su compañero O (Olmo Uiutna) seguía las mezclas y los sonidos hipnóticos de ella con sus improvisaciones de batería. Les siguió el duo de Toulouse, Nibul, en las que los tonos del saxófono de uno de ellos y los ritmos de percusión del otro generan un embudo sonoro que busca fagocitar a la audiencia en una masa sonora.

Si algo tienen en común ambas formaciones es su búsqueda, a través de la improvisación y los ruidos orgánicos alejados de las notas predefinidas, de un espacio y una huida de cualquier configuración melódica o armónica, encontrar mediante la repetición y la conexión de sonidos y ritmos, la fantasía de vencer la direccionalidad de la música, del relato que los humanos, como buenos Homo narrans tendemos a buscar en todo. Es obvio que la comunicación y el lenguaje, no son una característica humana, muchas especies vivas disponen de mecanismos de comunicación; con la llegada de la primavera resulta sencillo descubrir los cantos de las aves en los árboles, incluso para aquellos que no salen de la ciudad, o los bailes de las abejas, las danzas de las moscas diminutas alrededor del vinagre o las frutas maduras sobre la mesa de la cocina. Muchas criaturas tienen lenguajes de comunicación, hasta las plantas, esos seres hasta hace poco "vegetativos" (no biológicamente, que siguen siéndolo, sino como metáfora de pasividad, de inactividad) demuestran comunicarse mediante la emisión de productos químicos lanzados al aire o a través de las complejas redes de los hongos que habitan sus raíces y comunican unas con otras. Así pues, no es el lenguaje, ni la comunicación, lo que nos hace especiales pero su uso para crear relatos, para narrar historias. Somos unos Homo narrans, y ello implica la necesidad de encuadrar toda nuestra vida en un contexto narrativo, en una historia con direccionalidad, un relato que progresa desde el principio hasta su desenlace final.

zOH y Nibul forman parte del conjunto de músicos que tratan de romper con el relato, de vencer la direccionalidad impuesta por la existencia del tiempo, buscando a través de la improvisación y la indeterminación de las alturas, las duraciones, los modos de ataque, y la inyección de efectos azarosos, desestruturar el tiempo. Hacerlo irreconocible.

De tener transcripción sus ejecuciones se parecerían bastante a las de Stockhausen en su pieza: Aus den silben Tagen (En los siete días), que dicen así:

Circa cuatro intérpretes
DURACIONES CORRECTAS

Toque un sonido
siga tocándolo
hasta que sienta 
que debería parar

toque otra vez un sonido
siga tocándolo
hasta que sienta
que debería parar

siga haciéndolo
deténgase
cuando sienta
que debería detenerse

pero así esté tocando o haya dejado de tocar
siga escuchando a los otros
en el mejor de los casos toque
cuando los demás estén escuchando

no ensaye

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Es obvio que en esta pieza Stockhausen no buscaba sonidos prefijados con precisión, más bien esperaba de sus músicos que consiguieran liberarse y desestructurar sus hábitos mecánicos de ejecución logrando una improvisación comprometida de los mismos. Algo así es lo que podría decirse de los dos dúos franceses que desataron su música desestructurada en la casa ocupada de Gràcia. Es la suya una música que desde su concepción excluye gran parte de los supuestos aceptados por el sentido común. Una música que no puede ser grabada en disco o casete, pues su proceso aleatorio imposibilita la creación de piezas musicales a la clásica usanza, y aún así, en una mesita junto a la puerta estaban desplegados como abanico unos cuantos CDs y cintas magnéticas con grabaciones de ambas formaciones. Un intento de cautivar una música que está circunscrita a la interpretación en vivo y mejor si es, como anoche, en círculos íntimos y pequeños, entre buscadores y seguidores incondicionales de músicas nuevas. La compresión en sistemas de grabación no le sientan bien, en ellas no se perciben los colores, el espacio extendiéndose desde el propio sonido. En palabras de Heloïse Zamzam, sólo buscan divertirse y adentrarse cada noche en un espacio diferente, alcanzar a través de la música un vacío activo virtual, componer silencio a través del ruido y huir en sus actuaciones de la tiranía de la audiencia.

El concierto fue un encuentro poético de sonido, que logró difuminar por un momento las extensiones del tiempo, diseñando espacios virtualmente desiertos en los que cada pequeño evento sonoro tenía la condición de ser único en un enorme mural hipnótico que se enfrentó a la idea de temporalidad y direccionalidad del Homo narrans que somos. Como sucede en los rituales sufí, quien quiere acercarse a sus músicas debe dejar en las puertas del local sus vestiduras, sus pecados, y sobre todo, su memoria. Ignorar sus nociones previas de lo que es música, lo que es artístico y como recibir el arte, estando así dispuesto a recibir una nueva clase de conocimiento. En la unión entre ejecutor y receptor es cuando su música cobra sentido, pues la suya es una música que existe sólo cuando alguien la escucha. No existe en la partitura ni en la concepción, tan sólo en la ejecución del momento. Esa es su magia.




Ulcinj, el mito de Cervantes y Dulcinea




Ulcinj, que en castellano suena como "Ulchin", es a día de hoy, una pequeña ciudad portuaria allí donde acaba Montenegro, al sur de la cual se despliega la Velika Plaža, en montenegrino, o la Plazhi i Madh, como la conocen los lugareños de habla albanesa; en ambos casos el nombre hace referencia a su enorme tamaño con el simple topónimo de la Playa Grande, una extensa bahía natural de doce quilómetros de arena fina en uno de cuyos extremos desemboca el río Bojana que dibuja la frontera entre Albania y Montenegro en sus últimos veinticuatro quilómetros antes de consolidar un delta en su unión con el mar Adriático en la susodicha playa.

A pesar de formar parte en la actualidad de Montenegro, su pasado histórico ha estado principalmente vinculado a Albania, siendo todavía a día de hoy, el albanés la lengua predominante entre sus nativos. Entre los siglos XIII y XVI esa región de la costa balcánica conformaba la Albania veneciana, una franja litoral de fortines y posesiones venecianas en forma de ciudades enmuralladas para defender la costa y por ende el mar ante la expansión de los turcos otomanos que avanzaban por los Balcanes. El casco antiguo de la ciudad, construido sobre un peñón saliente, se encierra sobre si mismo con unas altas murallas de piedra blanca que mimetizan con la roca del peñón, cuyos acantilados albergan a sus pies una serie de pequeñas calas y gargantas de agua. Sus muros no evitaron que la ciudad claudicase al avance turco que en 1573 forzaron redibujar los márgenes de la Albania veneciana hacia el norte, en la población actual de Budva. Sigue hoy el islam siendo la religión predominante al sur de Montenegro a diferencia de sus vecinos del norte que practican el cristianismo ortodoxo, y el paisaje de Ulcinj, como en otras pequeñas ciudades del sur del país, se encuentra salpicado de pequeños minaretes viejos y modernos.

Su estatus de ciudad fronteriza entre el imperio otomano y el veneciano durante siglos, le marcó con ese carácter propio de las ciudades de frontera, que no están ni aquí ni allí, pero en medio, con leyes laxas cuando existentes y donde el tráfico de mercancías y humanos eran más fluidas que en otros sitios. Además, su costa abrupta salpicada de pequeñas calas y cuevas dio lugar a que en poco tiempo se convirtiese en una ciudad corsaria, habitada principalmente por piratas otomanos y traficantes de esclavos que atemorizaban a los navíos venecianos que entonces controlaban el comercio mediterráneo. Y como toda ciudad corsaria, Ulcinj cuenta con un gran número de leyendas y mitos que conforman el imaginario de sus ciudadanos hasta la actualidad.

De entre las diferentes historias de corsarios, para un español o cualquier amante de la literatura internacional, destaca una relacionada con Miguel de Cervantes y su famoso Don Quixote de la Mancha. Los nativos de la zona, así como aquellos que habitan en lo que hoy es Albania, cuentan que el escritor pasó varios años en Ulcinj cautivo, una leyenda que ha ido pasando de una generación a otra a lo largo de los siglos. Lo más sorprendente es que la primera traducción del Don Quixote al albanés no tuvo lugar hasta 1933, primera vez que los lectores albaneses entraron en contacto con el libro de Miguel de Cervantes de Saavedra, pero sólo con su primera parte, pues tuvieron que esperar hasta 1977, ya bajo la dictadura de Enver Hoxha, a ver traducida la segunda parte del mismo. Así pues, el público en general lleva menos un siglo en contacto con sus textos, pero por siglos sus antepasados ya hablaban de un caballero de buena cuna y educación, conocido como Sarvet o Servet, que vivió allí durante años como prisionero. Todavía es posible al cruzar una de las puertas del centro fortificado ver la plaza de los esclavos, con sus arcadas y columnas enrejadas alrededor de un gran patio, en una de las cuales, reza la leyenda pasó largas horas y meses el escritor español.

La leyenda menciona que su cautivador fue el corsario otomano Arnaut Mamí, quien lo apresó en 1575. "Arnaut" significa Albania en turco, así que el corsario en cuestión era conocido entre los turcos como "Mamí el albanés" o "Mohamed el albano", probablemente un marino oriundo de esas tierras, que cuentan los historiadores se convirtió al islam al ocupar los otomanos Albania e hizo carrera como renegado en el Mediterráneo al mando de doce galeras algerianas asaltando galeones cristianos y haciendo prisioneros de los cuales luego obtenía buena recompensa por sus rescates. Cervantes es el más ilustres de sus prisioneros, al verse atacada la galera El Sol en la que viajaba, el 26 de setiembre de 1575. Tras varios años en la armada, y habiendo participado años antes, el 7 de octubre de 1571, en la Batalla de Lepanto, Cervantes decidió retirarse de la vida militar y volver a casa en 1575, partiendo a bordo de El Sol desde el puerto de Nápoles rumbo a Barcelona. Fue precisamente frente a la costa catalana de la Costa Brava, cuando Arnaut Mamí y su flotilla de corsarios berberiscos asaltaron la galera española y tras matar a parte de su tripulación, apresaron a algunos miembros de la misma, entre ellos a Cervantes y su hermano para pedir un rescate. Para los historiadores está claro que Arnaut lo condujo a la costa argelina, allí donde tenía su escondite tras derrotar temporalmente al Pachá Rabadan de Argel en el norte de África, y donde Cervantes permanecería como prisionero y esclavo durante cinco años y un mes; hasta que el rescate fue pagado y su desdicha acabó al conseguir desembarcar el 27 de octubre de 1580 en el puerto alicantino de Denia.

Los albaneses, y especialmente los lugareños de Ulcinj, ajenos a las explicaciones de los historiadores, confían en su imaginario colectivo de que Cervantes pasó su cautiverio en Ulcinj, ciudad en la cual el corsario Arnaut Mamí solía buscar protección de sus pillerías por el Mediterráneo. El noble español prisionero que por esas fechas vivió entre sus muros, y que allí conocen como Sarvet o Servet, dicen ser Cervantes. Pero la historia va más allá.

Durante años Ulcinj era conocida por los venecianos como Dulchin, Dulcignio o Dulchinio (donde la preposición "d-" hace referencia a un lugar o dirección), nombre que argumentan fue el que derivó en el personaje de Dulcinea, el amor platónico de Don Quixote. Y es que cuentan los nativos que Cervantes, o Sarvet, durante sus años de cautiverio se enamoró de una moza albanesa que alimentaba y daba de beber a los prisioneros y esclavos hacinados en los todavía visibles calabozos de la plaza de la ciudad. Su pasión y agradecimiento por los cuidados a dicha muchacha los plasmó en su obra maestra al bautizar al amor de Don Quixote, Dulcinea, con el nombre de la ciudad de Dulchinio (Ulcinj).

El propio Cervantes en su novela, en el capítulo XLI del primer tomo, menciona al corsario Arnaut Mamí y hace vivir a su protagonista, durante la instancia de prisión, un romance con una moza: la bella Zoraida. Pero eso, el grueso de los lectores albaneses no pudieron saberlo hasta 1933, cuando, según el mito, el relato del prisionero castellano en Ulcinj llevará ya siglos en boca de sus habitantes. La leyenda queda allí, viva entre los callejones que discurren por dentro de las murallas, y las calles que corren pendiente abajo hasta encontrarse con el mar que lame sus muros y en su murmullo sigue escuchándose éste y otros mitos aunque los historiadores los contradigan.

  


Y así determiné de ir al jardín y ver si podría hablarla; y, con ocasión de coger algunas yerbas, un día, antes de mi partida, fui allá, y la primera persona con quien encontré fue con su padre, el cual me dijo en lengua que en toda la Berbería, y aun en Constantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas, con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de lenguaje me preguntó en qué buscaba en aquel su jardín, y de quién era. 
Respondile que era esclavo de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo por muy cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas, para hacer ensalada. 
Preguntóme, por el consiguiente, si era hombre de rescate o no, y que cuánto pedía mi amo por mí. 
Estando en todas estas preguntas y respuestas, salió de la casa del jardín la bella Zoraida, la cual ya había mucho que me había visto; y como las moras en ninguna manera hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba; antes, luego cuando su padre vio que venía, y de espacio, la llamó y mandó que llegase. 

Fragmento del capítulo XLI del Tomo Uno de Don Quixote de la Mancha (Donde todavía cautivo prosigue el cautivo su suceso)


Gaviotas




–¿Qué es la vida?
–¿La vida? –su boca expulsa lentamente el humo del cigarrillo antes de responder– Un terrón de azúcar en una taza de café.
En ese momento, una gaviota nos arroja una risotada y desplegando sus alas alza el vuelo. A su cínica carcajada se suma la de otra palmípeda de dorso ceniciento a nuestras espaldas, y a ésta le secunda otra. Y otra y otra más. Una tras otra, decenas, centenas, miles de gaviotas de todos los rincones del muelle se unen en bandada, acompañando a la primera en sus movimientos por las arquitecturas del aire en un bullicio estridente y perturbador que envuelve el cielo sobre el puerto. Alboroto blanco que crece y crece devorando el azul celeste, hasta acaparar toda la escena y la imagen adquiere un color níveo. Un estrépito incoloro hasta extinguirse en el silencio dejando tan solo un espacio falto de contenido. Vacío. Vacío por unas fracciones de tiempo, hasta que el mismo se descompone y se convierte en una luz intensa y deshabitada.

**********

Estimuladas mis pupilas despierto, y descubro de nuevo el azul enmarcado tras la ventana. Me asomo a ella aliviado, respirando ese cielo añil. No existe lugar alguno con un azul como el del Mediterráneo, me digo admirando el mosaico de colores desplegados en el horizonte. Como lo he añorado. Hace años dejé mi ciudad a orillas del mismo mar huyendo de un fantasma y ahora soy yo también un fantasma.

Me siento sobre al alféizar para descubrir la calle que se va habitando; los comercios abriendo sus puertas y la cafetería reponiendo sus mesas en medio del callejón. La esencia del café recién molido que escapa a sus puertas desentumece mis sentidos de golpe.

Ayer el aroma del café me descubrió tendido en el sofá de mi apartamento mirando a la calle a través del ventanal. Fuera lloviznaba. Las gotas golpeaban con suavidad los cristales de la ventana entreabierta que capturaba palabras suspendidas del exterior. Una pareja joven paseando al perro, una pareja de jubilados camino a la panadería, una puerta que se abre y se cierra, una cremallera que sella y unos pasos que se alejan. Una radio mal sintonizada llega desde la casa de enfrente, música acompañada por el rumor de una cafetera. Un gato escurridizo girando la esquina evitando el hilo de agua que corre calle abajo. Todo esos estímulos constituyeron mi amanecer ayer. Fue domingo, ese día el barrio amanece sin relojes, más en una mañana lluviosa nórdica.

Ayer desperté muy lejos del mar que me ha visto crecer, en la nórdica y gélida península escandinava en la que vivo desde hace años, pero hoy despierto a su orilla. Puedo oler su aroma inconfundible y el salitre aflorando en las paredes de la habitación. Resulta remota la imagen de la pintura escarchada en el ventanal y la persiana descoyuntada de mi apartamento sueco. Siempre me resulta fácil dejarlo atrás. Como si se tratase de una realidad independiente, una ilusión temporal no relacionada con la pluralidad de mis otras realidades allende de Suecia. Una parte de mi vida descolgada totalmente de las otras infinidades de partes. Un tiempo que no he sabido nunca como hilvanar con el resto, de manera que de lo allí acontecido no puedo inferir presente alguno que no sea el de añoranza y evocación del Mediterráneo, y el gozo de descubrirme de nuevo junto a sus aguas. Arrinconaré rápidamente el ayer nórdico y mi condición de fantasma.















Peces




A la mañana siguiente acompañé a mi abuela al mercado del barrio y escuchamos la historia de la chica que cerró la puerta y fue engullida por el apartamento. Me estremecí por el relato que la tendera relataba a un par de atentas clientes con las intervenciones de su ayudante. Luego descubrí que besugos, merluzas e ictiofauna en general me seguían con la mirada. Acechaban imperceptibles, desde el hielo sobre el que reposaban, fisgoneando cada una de mis acciones. Sus órbitas circulares de pupilas sin párpados examinaban nuestros pasos de un puesto a otro. Cientos de ojos mirones repartidos por todo el mercado. Oteaban mis pasos, cada vez más indecisos e inseguros. El Avia seguía con sus quehaceres ajena a todo aquello, mientras a mí se me calaban los calcetines, embebidos de una humedad fría. Los pies chapoteaban, se hundían para reflotar en un suelo gelatinoso que crujía. Hasta que finalmente cedió y me precipité.
        Hundiéndome.
           Sumergiéndome con la ligereza de una pluma.
                En la verticalidad de una gravedad amortiguada.
                    Cayendo.
                        Cayendo.
                              Cayendo.
                                        Cayendo.

Cayendo con suavidad en una masa acuosa gélida habitada por pupilas fijas y bocas abiertas. Destellos pálidos, esquirlas plateadas que se movían aleatoriamente a mi alrededor. Aparecían y desaparecían trazando órbitas inconsistentes mientras me sumergía en la nada, esa nada que no toma forma, porque no puede contenerse así misma, pero se esconde detrás de todo objeto y persona. Porque lo sólido, lo íntegro, es una mera ilusión visual. Un espejismo. Un error construido en el nervio corneo para superar el vértigo del vacío. Un negar la altura como remedio. Inventamos todo tipo de trampas, resortes, salidas, entradas, pasadizos secretos, puertas, ventanas, sótanos, agujeros, cielos, mares abiertos, ayeres, mañanas, de todo hacemos con todo lo que tenemos a nuestro alcance para superar el mal de altura que conforman el gran vértigo: el de la existencia y también su inevitable cese.

Una fosa abismal en la que me hundía irremediablemente, en su masa acuosa que digiere en su blanda amalgama toda dimensionalidad, volumen, y cualquier otra propiedad física. Aguas que se tragan sin masticar todo aquello que adolece de condición terrenal. Me ahogaba en ellas, y me angustié por un momento, luchando por salir, hasta que llegado un punto, casi dulce, justo antes de no ser consciente ya, caí en la cuenta que yo también soy acuoso. Y estoy vacío, o lleno de vacío, porque el mar se me metió dentro y ya formo parte del él, y ya no tengo porque pensar, ni entender, sólo ser. Dejarme acariciar por las turbulencias sin resistirme, sin cuestionarme. Como las piedras que arrojaba al mar aquel final de verano junto a mi abuelo. Piedras que hacían estallar la mar hacia arriba.






El abuelo



Era setiembre, la primera quincena del mes, la despedida del verano. Con viento de tramontana, arbustos enmarañados y barcas danzando en una mar revuelta. Había caído la tarde, la gente había abandonado la playa y solo restaba el ruido admonitorio del mar arrastrando los guijarros. Al final de la cala, sobre las rocas salientes, un par de pescadores herían el agua con sus anzuelos repetidamente. Lanzándolos una y otra vez. De la mano de mi abuelo llegamos hasta ellos, y mientras entablaban una conversación banal sobre el estado de la mar y la pesca, mi curiosidad infantil se centró en el cubo de plástico de uno de ellos.

Al asomarme a su interior encontré un pez herido. Exasperado. Ahogándose. Sus branquias se expandían y contraían espasmódicamente, pero aún así sus agallas colapsaban en masa ante la ausencia de la ingravidez que le proporcionaba el medio acuoso. La espina dorsal contorsionada y tensa se revolvía en aquel limitado espacio de plástico. Sacudiendo coletazos. Repentinos y violentos coletazos. Sus golpes resonaban en el interior del cubo como las palpitaciones de un corazón arrítmico próximo al desfallecimiento.

       Al final, rendido, dejó de moverse, y fue entonces cuando me miró. Percibí el gesto. Atrapado, como si me hubiese arrojado el anzuelo que aún lucía sobre su labio, no pude evitar su mirada inmóvil. Me incomodó hasta el punto, que de tener párpados los peces, se los hubiese bajado para así deshacerme de su visión, y así esconder mi vergüenza. Huir de aquellos ojos piadosos y acusadores al mismo tiempo, que imploraban ser rescatados, ser retornados al mar. No hice nada. No me moví. Ni dije nada. Le negué la vida, como quien niega una limosna, no por falta de buena alma, sino por tener que actuar. Por tener que hacer algo, tomar una decisión que no pude elaborar. Así pues, me limité a observar como se cerraban sus branquias y expiraba. Yo sí cerré los ojos. Los cerré para borrar su imagen de mis retinas, pero al abrirlos, los suyos seguían allí. Me miraba el ojo del pez fijo hasta el improperio, condenándome por su destino. Los gritos de las gaviotas se transformaron en carcajadas despiadadas, y las piedras movidas por el oleaje en murmullos acusadores. El cielo oscureció y pareció caerse de repente, colapsando sobre el mar embravecido. Pese al ruido, se percibía el silencio. Se notaba el frío del mismo, pequeño y furtivo resonaba aquí y allá. Era una especie de amalgama, un contrapunto a la tormenta resonante en el horizonte. Era el sonido paciente e impasible de algo que espera la muerte. El silencio del que sabe que la vida le ha sido negada. El silencio que ya no me abandonaría.

Un enorme cuerpo oscuro con la piel de una ballena, lisa y aceitosa, me acosó aquella noche. Se suspendía en el aire con la ayuda de unas aletas minúsculas y ridículas que no hacían ruido al batir, y una cola que sacudía de manera inquietante y sin necesidad aparente. Pero lo peor de todo es que en su rostro lucía un enorme ojo fijo de pez. Me sobrevolaba y observaba, sin emitir sonido alguno. De eso, del ruido, ya se encargaban las gaviotas que aleteaban a su alrededor o cabalgaban sobre su dorso. Bramaban sin voz un reclamo afónico y ahogado. La escena estaba toda ella envuelta en el silencio resonante y creciente que había experimentado aquella misma tarde en la playa. Cuando desperté sobresaltado, me pareció seguir oyendo bajo mi pecho los coletazos que se resistían a lo imposible. Me atormentó aquella aparición no solo esa noche, sino unas cuantas aquel final de verano. Luego cayó en el olvido hasta bastantes años más tarde.

*****

Deberías ir a verle, me sugirió mi madre, seguro que agradece tu visita, ya sabes cuanto te quiere, añadió para mirar de convencerme.

En los últimos años habían ingresado a mi abuelo varías veces en el hospital, siempre por el cáncer que le había sido detectado más de veinte años atrás. En todo ese tiempo, ni uno ni otro daban su brazo a torcer. Ni el cáncer que no cesaba en su empeño de expandirse, ni mi abuelo en su empeño de sobrevivirle. Así pues, siempre, a los pocos días de observación, lo enviaban a casa sorprendidos por su repentina recuperación. El doctor cada vez que le firmaba el alta bromeaba con él, con el humor propio del cuerpo de médicos y su irónica manera de convivir próximos a la muerte. Aquellas recuperaciones, que calificaba de milagrosas, decía, eran dignas de estudio. Incomprensible para la ciencia, remarcaba. Las últimas veces, mi abuelo ya no solía escuchar demasiado ni sus comentarios ni sus recomendaciones, mucho menos sus ironías. Años atrás ya había modificado sus hábitos, renunciando al tabaco y reduciendo la ingesta de comidas copiosas. A sus años, se decía, ya no valía la pena regular el placer, después de todo, consideraba todos aquellos años como un gran regalo de tiempo extra. Unos años en los que las cenas se repetían de un día para otro. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, sus cenas siempre consistieron en un arroz blanco caldoso con ajos y una tortilla francesa de un huevo y una pizca de sal. Sin variaciones: arroz y tortilla un día, arroz y tortilla al siguiente. Arroz y tortilla hasta el fin de los días. Una dieta para resistirle a la muerte. Su actitud fue siempre la vida. Como la de aquel otro anciano siciliano que me explicaría su viuda años más tarde. "Tres días. Solo tres días antes de morir, le propuse hacerme con algo de veneno y suicidarnos juntos. ¿Sabes qué respondió a mi propuesta? '¿Suicidarnos? Si quieres, tú puedes suicidarte, pero yo confío en vivir todavía un tiempo más'. ¡Tres días! ¡Sólo tres días más tarde moría el desgraciado! De eso ya hace ocho años".

        Nunca me han gustado, y en lo posible siempre he mirado de evitar ir a los hospitales, pero aquella recaída parecía realmente seria. Eso decían los otros, yo no entendía nada. No quería entenderlo. Ya llevaba unos días en el centro y a diferencia de las veces anteriores, no daba señales de recuperación, así que me dispuse a visitarlo. Lo necesitaba de vuelta en casa. Sentado en la butaca de su comedor, y yo a su lado, en el sofá, extinguiendo la tarde hablando de dibujo, libros o ciencia.

*****

El bullicio del ruido de la calle, con sus coches y peatones y de la gente concentrada en la entrada del hospital desapareció a medida que iba adentrándome en sus pasillos, hasta el punto de escuchar tan solo el eco de mis pasos, ese leve tap que producían en el suelo, y cuya presencia añadían un silencio furtivo. De repente me encontraba sólo. Me detuve, desorientado por el vacío experimentado y mareado por el inconfundible olor dulce y penetrante a hospital. Podía oír el latido de mi corazón. Sístole y diástole. Acelerando. La oquedad se hizo patente y se extendió hasta el infinito, fuera del alcance de los sentidos. Bajo el encerado suelo apareció, para inmediatamente desaparecer, la silueta de aquella ballena amorfa y aceitosa que tantas veces había perturbado mis sueños de infancia. Aquel ojo fijo, esa pupila velada acechando mis pasos, siempre condenándome por su destino. Quedé paralizado hasta que una enfermera me arrancó de aquella ilusión.

"¿La habitación cuatrocientos tres? Sí, tuerce en el próximo pasillo a la derecha, y una vez allí, la segunda puerta. Otra vez a mano derecha". Seguí sus indicaciones, hasta dar con la puerta identificada con dicho número. Habitación cuatrocientos tres. Cuatro cero tres. Tres cifras, tres cifras a las que había quedado reducido mi abuelo. Respiré hondo, hice lo posible por secar el sudor frío de las manos y giré el pomo.

El cuarto estaba con claroscuros, con las persianas a medio bajar para evitar el sol de la tarde. Cerca de la ventana destacaba una cama que yacía vacía. La presencia que confirma la carencia. La materialización de la ausencia. Dí unos pasos hacia el interior y enseguida me percaté que el suelo estaba húmedo. Un charco se extendía desde debajo del camastro. Lo seguí y fue al alcanzar el otro lado del lecho cuando lo vi. Sobre la mancha de agua estaba el pez. El pez agitando la cola. El pez de movimientos espasmódicos. El pez fuera del agua. Desorientado. Buscando un mar que le había sido arrebatado. Intentando brazadas imposibles en un medio que ya no era su mar. Hasta que, agónico, cayó de lado y volvió a mirarme fijamente. Hasta el improperio, en una mezcla de mirada piadosa y acusadora. Allí quedó tendido, y yo junto a él, sin mediar palabra, con las dos libretas de dibujo bajo mi brazo. Cautivado por todo lo que aquella mirada expresaba. Por todo lo que no quería entender. Por un imposible.
El mar.
        El imposible.




Re+volvere



La palabra "revolución", después de todo, nació como tecnicismo de la astronomía y se refería a un giro que terminaba en el mismo sitio: re + volvere. El término aludía desde Nicolás Copérnico a la descripción de una órbita completa de un cuerpo celeste. Cuando Copérnico a mediados del siglo XVI escribió De revolutioniobus orbitum coelistium, estaba pensando en el término matemático de "revolución" que implica un "giro" o una "vuelta". En su obra, Copérnico, explicó su teoría en la que establecía que era la Tierra la que se movía sobre su propio eje y alrededor del Sol. El término revolutionibus del título se refiere a las vueltas que describen los planetas en torno a su estrella.Por lo tanto se trata de un movimiento, que nunca puede definir un nuevo comienzo, no nuevo en el sentido casi místico en el que se envuelve hoy en día.

La hemos dotado, a la palabra, de un significado noble y la hemos convertido en un mito. Llamamos revoluciones a todos aquellos aspectos políticos, sociales, artísticos y económicos que introducen cambios radicales de ideas en las poblaciones. Que le dan la vuelta a la forma de ver las cosas. Astronómicamente hablando esperaríamos que con la revolución la órbita cambiase, el cuerpo celeste dibujase a partir de ese momento singular una trayectoria diferente, cuando en realidad los elementos que componen la palabra, los que determinan su significado (se origina en el verbo volvere, del que hemos derivado "volver" y el prefijo re), hacen referencia a que el cuerpo vuelve inevitablemente a su estado originan para iniciar un nuevo giro igual al anterior. El uso actual es convencional y arbitrario, lejos de ceñirse al significado etimológico de la misma.

Fue la enorme convulsión que la obra de Copérnico produjo en el mundo occidental, al desplazar el sistema terrestre, y con ello a los humanos, del centro del Universo, la que hizo que la palabra pasase a adquirir el significado actual que implica un cambio brusco en cualquier campo humano, bien sea el político, el social, el artístico o el económico.

Cuando Stravinsky en 1942 publicó su libro Poética musical, tras impartir una serie de clases en la Universidad de Harvard en la que describe su concepción del proceso creativo, aprovechó para reivindicar su postura de compositor tradicional, alejándose de la imagen de compositor moderno, revolucionario; de la reputación de enfant terrible de la música clásica que su pieza, Le Sacre du printemps estrenada en 1913, le había reportado con su disonancia polifónica.

The Musical Times escribía sobre él: "Todas las señales indican una fuerte reacción contra la pesadilla del ruido y la excentricidad que fue uno de los legados de la Gran Guerra…¿Qué ha sido de las obras que componía el programa del concierto de Stravinsky, que conmocionó hace unos años? Prácticamente toda la colección ya está en la estantería, y permanecerá allí hasta que unos neuróticos hastiados sientan una vez más el deseo de comer despojos y llenar su vientre con los vientos del Este".

Relató, en las páginas de Poética musical, la importancia de la tradición y de la naturaleza ilusoria de las revoluciones aplicadas a los campos artísticos, haciendo para ello uso de una anécdota previamente descrita por el escritor GK Chesterton. Al parecer, cuando Chesterton desembarcó en Calais mantuvo conversación, en una de esas posadas de puerto hoy en día en desaparecidas, con un tabernero francés. El hombre no hacía más que quejarse de la cada vez mayor falta de libertad del país. "Es lamentable haber hecho tres revoluciones para volver a caer sobre el mismo lugar", concluyó el tabernero. Fue entonces, cuando el escritor le contestó que lo que sucedía en el país era una "revolución" en el sentido propio del término, que describe el movimiento de un elemento que recorre una curva cerrada y vuelve así al punto de partida.

También en su Poética musical, aludía a que cuanto más normas, reglas y disciplinas se imponían a un arte, paradójicamente se conseguía una mayor libertad del mismo: "Cuanto más controlado, limitado, analizado y trabajado es el arte, mayor es la libertad de la que goza". Una línea de pensamiento muy similar a la de la escuela de literatura experimental OuLiPo (Ouvrior de Littérature Potentielle, Taller de literatura potencial) creado en 1960, que alejándose del surrealismo y el culto al azar del dadaísmo, se aplican consciente y razonadamente toda una serie de restricciones que les permitan así explorar nuevas formas de creación. ¿Qué es un autor oulipiano?, preguntaba Marcel Benabou "Secretario provisionalmente definitivo" de OuLiPo. "Es una rata que construye ella misma su laberinto del cual se propone salir. ¿Un laberinto de qué? De palabras, sonidos, párrafos, capítulos, bibliotecas, prosa, poesía, y todo eso".

No hay día que me levante que me visualice como una rata construyendo y demoliendo al mismo tiempo el laberinto en el cual me encuentro. Giro sobre mi mismo. Corro. Doble esquinas. Cavo túneles o agujereo paredes. Uso todo tipo de triquiñuelas para encontrar una salida, hasta me asomo por encima de los muros, cruzo entre los setos, y todo para ver que al final siempre acabo en el mismo sitio. Que la entrada y la salida son lo mismo, reflejo una de la otra. Una cinta de Moebius que lleva momentáneamente a otra dimensión pero que acaba retornando en un ciclo interminable al mismo punto.

Los individuos, como las sociedades nos imponemos y nos imponen normas y leyes, como los autores oulipianos o Stravinsky, para hacernos la vida más fácil. La verdadera libertad, el libre albedrío genera vertigo y nos bloquea. Por eso las aceptamos, porque vivir dentro de unos límites resulta más confortable, hasta que el laberinto se cierra demasiado y nos da por salirnos del mismo. Entramos y salimos continuamente. Ese eterno retorno al mismo punto que percibe todo individuo y sociedad, siempre sintiéndose atrapada por las circunstancias del momento, por la inercia histórica que roba su identidad y vitalismo. Circunstancias que condenan al individuo a la desidia, a la apatía generalizada de vivir en un mundo de revoluciones que vuelve una y otra vez a pasar por el mismo punto de origen. "No me quedan ya reservas de paciencia para soportar esta Europa donde el otoño tiene cara de primavera y la primavera olor a otoño", reconoce el personaje Marta de El malentendido de Camus. Otro de sus personajes, Diego, en Estado de sitio, afirma: "Cada uno de nosotros está solo a causa de la cobardía de los otros", en un relato donde la solidaridad es el protagonista ausente, donde la desunión de sus personajes permite el avance imparable de la desgracia. Del cierre del círculo. Un nuevo giro completo sobre la misma órbita. Otra revolución mal llevada y que sin buscarlo se ajusta perfectamente al significado etimológico de la palabra, lejos del mito que le atribuimos.





Cu4tro



          Son cu4tro las paredes
              [una
                    do2
                 tr3s
                    cu4tro]
          Cu4tro las que me retienen
          Del tiempo han hecho aceite
          Otean dos de ellas el horizonte
          Una se abre,
          la otra contiene
          Me hacen compañía
          Duermo,
                       como,
                  sueño en ellas
          Soy su mirada

unos vecinos entran en el portal, fuera queda la anciana, la vecina demente, la única que habla en un vecindario de mudos que practican la sordera y aspiran a ser ciegos. Permanece un rato sentada en su chandal de colores, en una de las mesas del jardín, sus posaderas, huesudas y erosionadas, son las únicas que doblan las maderas de ese banco en cuanto llega la primavera. Chaqueta de plumones fucsia, manoplas y gorro anclado en las cejas. La Tierra ha superado el ecuador del mes de abril en su trayectoria alrededor del sol pero aquí sigue haciendo frío. Ayer nevó. Fui testigo del desgranamiento del cielo desde mis cu4tro paredes. Antes de ayer también lo hizo. Las ventanas proyectaron la luz cribada por los nimbos en la habitación. En algún lugar algo arde y aquí caen sus cenizas columpiándose de lado a lado. La vecina abandona el banco en el jardín y renqueando alcanza su portal. Aparece tras ella una liebre de orejas blancas. Da cinco pasos y se detiene, con la cabeza gacha y las ojeas pegadas a la espalda, restriega el hocico contra la hierba que se lleva a la boca. Cuatro pasos más y vuelve a detenerse. Sus incisivos siegan el verde mar, sus mejillas se agitan velozmente hasta que sale corriendo. Otro vecino, uno de los sordos y mudos, sale cargando una bolsa de basura, la arroja en el contenedor de reciclaje que le corresponde y desaparece, como la liebre, calle abajo. Es de los que se esconden tras la puerta, resguardado tras sus cu4tro paredes, paredes como las mías, de madera que cruje. Un día, al entrar en el portal, oí que su puerta se abría para inmediatamente cerrarse, subí por las escaleras y no me crucé con nadie, seguí subiendo hasta mi puerta, la que da acceso a mis cu4tro paredes, pero en lugar de entrar en ellas, abrí y cerré de un portazo permaneciendo en el rellano de las escaleras. No pasaron ni diez segundos que su puerta volvió a abrirse, salió y bajó las escaleras hasta perderse en el exterior.

Aquí todos hablamos y escuchamos a nuestras paredes, son una extensión de nuestros sentidos. Sus quejidos y sonidos nos alertan, nos avisan de la presencia de los otros, de sus actividades y evitan los encuentros inesperados. No soy su prisionero sino su huésped, quien anda descalzo sobre su entarimado de madera de tablas paralelas. Las conozco todas ellas, por las formas de los anillos de los árboles que fueron, por su aspereza o suavidad, por las cicatrices del arrastrar de muebles y por el sonido inconfundible de cada una de ellas a mis pies. El edifico entero habla para que los que lo habitamos callemos. Nos auscultamos los unos a los otros. Cada puerta suena distinta, cada vecino tiene un trato distinto con ellas; los hay que las atormentan de un golpe, los que las acompañan suavemente en su recorrido, los que salen y entran con vitalidad, los que se encierran o se asoman sigilosamente, con timidez escurriéndose escalas abajo. Los que suben los peldaños de dos en dos, los que pisan con fuerza, los que bajan de puntillas, los que arrastran los pies, los que saltan escalones en su descenso, los que se detienen a media subida a deshacerse el lazo de los zapatos, los que se desprenden de ellos antes de alcanzar su puerta, los que los arrojan contra la pared justo cruzar el umbral de casa, los que los dejan caer como pájaros muertos sobre el entablado o los que los confinan delicada y ordenadamente sobre sus zapateros en un sonido sordo casi imperceptible. No nos hablamos pero nos escuchamos, en la noche y el día. Sabemos cuando hay invitados: oímos voces nuevas, no familiares. Nuevos timbres. Cuando se bebe, pues el alcohol erradica las voces susurradas y pare risas, o cuando se bebe en exceso y aborta la alegría por los gritos que preceden a los llantos. Lagrimean y suspiran las paredes por las noches, rezuma a través de sus entablados empapelados la vida que pretendemos velar.      

          Son cu4tro las paredes
                   [una
                        dos 
                            tres
                     cu4tro]
         Cu4tro las que me retienen
         Las que me protegen
         Del tiempo han hecho aceite
         Del tiempo guardan polvo
         Soy parte del polvo
         Un simbionte más del organismo que conforma el edificio
         Uno destilado por su arquitectura






Cabellos alborotados




     Es un peine que doma un cabello rebelde
     No hay destino en ello,
     sólo biología y leyes.
     Como lo hicieron antes,
     las cosas ocurren,
     sin oráculo
     sin  profecia
     sin cábala
     ocurrirán mañana
     como lo han hecho hasta ahora;
     con el mismo principio
     con el mismo final
     Siempre la misma vieja memoria
     extendiéndose en el tiempo
     El pájaro surcando círculos
     las ondas de la trucha
     donde el lago se rompe,
     se abre para cerrarse

           Sin sombra
           la realidad carece de sombra
           la memoria carece de forma
           Sin forma

     Toda revolución acaba convertida en peine
     Todos los muertos tienen el mismo final
     Comida para el tiempo
     para el podenco tuerto
     tierra sobre tierra que se traga la tierra
     Corren en la misma dirección
     para llegar a ninguna parte

     La transgresión agotada
     da dentelladas al aire
     traga polvo en su sueño
     que es sabor a muerte por la mañana
     Se enjuaga en el lago
     donde salta la trucha
     donde aguarda siempre la misma muchacha
     de ojos níveos cortados a tijeretazos
     mirada de incontables dimensiones
     que sigue viéndote
     evocándote
     mientras los crímenes se repiten
     en un Universo plano no excavable

     La memoria socava la vida
     la sumerge en un estado somnoliento
     de lento inconsciente
     Su mirada bordada
     refleja mundos distantes
     bajo otro sol
     de otra galaxia
     de silencios que acechan
     de los que nos echan sobre los hombros los muertos
     desde una eternidad caduca
     que se pliega sobre si misma
     donde todo queda solo
     entre cabellos alborotados,
     enmarañados que ondean al viento
     en una tormenta de harina
     por la que pasean furtivamente
     un muerto tras otro
     hasta esa madre de madres
     que acicala dulcemente sobre sus rodillas
     la vida que quiere ser vivida