Cu4tro



          Son cu4tro las paredes
              [una
                    do2
                 tr3s
                    cu4tro]
          Cu4tro las que me retienen
          Del tiempo han hecho aceite
          Otean dos de ellas el horizonte
          Una se abre,
          la otra contiene
          Me hacen compañía
          Duermo,
                       como,
                  sueño en ellas
          Soy su mirada

unos vecinos entran en el portal, fuera queda la anciana, la vecina demente, la única que habla en un vecindario de mudos que practican la sordera y aspiran a ser ciegos. Permanece un rato sentada en su chandal de colores, en una de las mesas del jardín, sus posaderas, huesudas y erosionadas, son las únicas que doblan las maderas de ese banco en cuanto llega la primavera. Chaqueta de plumones fucsia, manoplas y gorro anclado en las cejas. La Tierra ha superado el ecuador del mes de abril en su trayectoria alrededor del sol pero aquí sigue haciendo frío. Ayer nevó. Fui testigo del desgranamiento del cielo desde mis cu4tro paredes. Antes de ayer también lo hizo. Las ventanas proyectaron la luz cribada por los nimbos en la habitación. En algún lugar algo arde y aquí caen sus cenizas columpiándose de lado a lado. La vecina abandona el banco en el jardín y renqueando alcanza su portal. Aparece tras ella una liebre de orejas blancas. Da cinco pasos y se detiene, con la cabeza gacha y las ojeas pegadas a la espalda, restriega el hocico contra la hierba que se lleva a la boca. Cuatro pasos más y vuelve a detenerse. Sus incisivos siegan el verde mar, sus mejillas se agitan velozmente hasta que sale corriendo. Otro vecino, uno de los sordos y mudos, sale cargando una bolsa de basura, la arroja en el contenedor de reciclaje que le corresponde y desaparece, como la liebre, calle abajo. Es de los que se esconden tras la puerta, resguardado tras sus cu4tro paredes, paredes como las mías, de madera que cruje. Un día, al entrar en el portal, oí que su puerta se abría para inmediatamente cerrarse, subí por las escaleras y no me crucé con nadie, seguí subiendo hasta mi puerta, la que da acceso a mis cu4tro paredes, pero en lugar de entrar en ellas, abrí y cerré de un portazo permaneciendo en el rellano de las escaleras. No pasaron ni diez segundos que su puerta volvió a abrirse, salió y bajó las escaleras hasta perderse en el exterior.

Aquí todos hablamos y escuchamos a nuestras paredes, son una extensión de nuestros sentidos. Sus quejidos y sonidos nos alertan, nos avisan de la presencia de los otros, de sus actividades y evitan los encuentros inesperados. No soy su prisionero sino su huésped, quien anda descalzo sobre su entarimado de madera de tablas paralelas. Las conozco todas ellas, por las formas de los anillos de los árboles que fueron, por su aspereza o suavidad, por las cicatrices del arrastrar de muebles y por el sonido inconfundible de cada una de ellas a mis pies. El edifico entero habla para que los que lo habitamos callemos. Nos auscultamos los unos a los otros. Cada puerta suena distinta, cada vecino tiene un trato distinto con ellas; los hay que las atormentan de un golpe, los que las acompañan suavemente en su recorrido, los que salen y entran con vitalidad, los que se encierran o se asoman sigilosamente, con timidez escurriéndose escalas abajo. Los que suben los peldaños de dos en dos, los que pisan con fuerza, los que bajan de puntillas, los que arrastran los pies, los que saltan escalones en su descenso, los que se detienen a media subida a deshacerse el lazo de los zapatos, los que se desprenden de ellos antes de alcanzar su puerta, los que los arrojan contra la pared justo cruzar el umbral de casa, los que los dejan caer como pájaros muertos sobre el entablado o los que los confinan delicada y ordenadamente sobre sus zapateros en un sonido sordo casi imperceptible. No nos hablamos pero nos escuchamos, en la noche y el día. Sabemos cuando hay invitados: oímos voces nuevas, no familiares. Nuevos timbres. Cuando se bebe, pues el alcohol erradica las voces susurradas y pare risas, o cuando se bebe en exceso y aborta la alegría por los gritos que preceden a los llantos. Lagrimean y suspiran las paredes por las noches, rezuma a través de sus entablados empapelados la vida que pretendemos velar.      

          Son cu4tro las paredes
                   [una
                        dos 
                            tres
                     cu4tro]
         Cu4tro las que me retienen
         Las que me protegen
         Del tiempo han hecho aceite
         Del tiempo guardan polvo
         Soy parte del polvo
         Un simbionte más del organismo que conforma el edificio
         Uno destilado por su arquitectura






Cabellos alborotados




     Es un peine que doma un cabello rebelde
     No hay destino en ello,
     sólo biología y leyes.
     Como lo hicieron antes,
     las cosas ocurren,
     sin oráculo
     sin  profecia
     sin cábala
     ocurrirán mañana
     como lo han hecho hasta ahora;
     con el mismo principio
     con el mismo final
     Siempre la misma vieja memoria
     extendiéndose en el tiempo
     El pájaro surcando círculos
     las ondas de la trucha
     donde el lago se rompe,
     se abre para cerrarse

           Sin sombra
           la realidad carece de sombra
           la memoria carece de forma
           Sin forma

     Toda revolución acaba convertida en peine
     Todos los muertos tienen el mismo final
     Comida para el tiempo
     para el podenco tuerto
     tierra sobre tierra que se traga la tierra
     Corren en la misma dirección
     para llegar a ninguna parte

     La transgresión agotada
     da dentelladas al aire
     traga polvo en su sueño
     que es sabor a muerte por la mañana
     Se enjuaga en el lago
     donde salta la trucha
     donde aguarda siempre la misma muchacha
     de ojos níveos cortados a tijeretazos
     mirada de incontables dimensiones
     que sigue viéndote
     evocándote
     mientras los crímenes se repiten
     en un Universo plano no excavable

     La memoria socava la vida
     la sumerge en un estado somnoliento
     de lento inconsciente
     Su mirada bordada
     refleja mundos distantes
     bajo otro sol
     de otra galaxia
     de silencios que acechan
     de los que nos echan sobre los hombros los muertos
     desde una eternidad caduca
     que se pliega sobre si misma
     donde todo queda solo
     entre cabellos alborotados,
     enmarañados que ondean al viento
     en una tormenta de harina
     por la que pasean furtivamente
     un muerto tras otro
     hasta esa madre de madres
     que acicala dulcemente sobre sus rodillas
     la vida que quiere ser vivida





Cuestiones



Hoy es una de esas tardes en las que el pavimento de las calles se extiende hasta el cielo, abril avanza y la primavera retrocede temerosa. Me he acostumbrado a mis paseos diarios, una acción que articula el espacio y define el tiempo, intensificando mi percepción de las cosas. Me considero un espectador silencioso tras unos pasos siempre dubitativos. Paso parte del día observando cómo la gente interactúa, compite, trabaja o descansa, así como los objetos de creación humana que salpican la ciudad: esculturas, edificios, fuentes, mobiliario urbano, pinturas, carteles, etc… hay tantas cosas que consiguen captar mi atención, que a veces requiero aislarme, encerrarme en la música del reproductor mp3 y centrar mi atención en los pasos de mis pies sobre las aceras.

Cuando no puedo observar la realidad externa, entonces me veo atraído por los mundos virtuales de la ficción que libros, vídeos y música nos ofrecen. Es sorprendente como de la curiosidad por lo real o ficticio, los humanos han sido capaces de ir bordando a lo largo de su historia tanto las actividades artísticas como las científicas, ambas sustentadas en la inusitada curiosidad y nuestra obsesión por observar. Las ciencias naturales y el arte brotan de una misma fuente, de un origen común, que sin embargo los prejuicios de nuestro sistema educativo insisten en delimitar y confrontar continuamente el uno con el otro.

La frialdad mecánica de las ciencias, impersonales y objetivas que intentan descifrar la física y la vida, contra la subjetividad de la pasión y las ganas de vivir de las artes creativas. Dos mundos aparentemente antagónicos, el que todo quiere generalizarlo y el que reclama la individualidad que nos diferencia de las bestias naturales.

Haber evolucionado en un Universo concreto, con unas leyes y unas cualidades propias, sin duda alguna ha generado en nuestro cuerpo y en nuestras mentes toda una serie de restricciones insospechadas de las que debemos ser conscientes. Pensamos cómo pensamos, y sentimos cómo sentimos por la naturaleza que nos envuelve. Sin ella no existimos. Nuestra preciada individualidad no es nada, no existe fuera de las leyes generales de la Naturaleza y el Universo.

¿Por qué nos gustan ciertos tipos de música y de arte?
¿Por qué esa propensión a encontrar pautas donde no existen?
¿Por qué mitos y leyendas comparten tantos factores comunes?
¿Por qué algunas imágenes nos resultan tan atractivas?
¿Cómo nuestra experiencia del tiempo y el espacio influencia todo eso?  
¿Cómo determina la estructura de nuestra mente los problemas filosóficos que encontramos desafiantes?

Queda mucho por andar para descifrar como el Universo influye en nuestra perspectiva y nuestra particular manera de mirar el mundo. No somos aves posadas sobre los cables telefónicos que observan cómodamente desde su altura transcurrir la vida, somos observadores inmersos en lo observado, incapaces de independizarnos de nuestra materia de observación, ni como científicos ni como creativos. Estamos compuestos de la misma materia que pretendemos descifrar.





Pájaro roto en la ventana



Pájaro roto en la ventana.
Yo estoy al otro lado.
Asoma una tímida gota escarlata por el pequeño pico curvado. El plumón gris-canela del pecho se infla y desinfla, apagándose sus colores. Le falta energía para contestar al rir-rir-rirrir-chrr-rr-rr-rar con el que le reclaman otros herrerillo capuchinos desde las ramas, todavía desnudas, del árbol. Parpadea el ojo atravesado por la línea ocular negra que resbala mejilla abajo prolongándose a modo de collar bajo su cabeza. Todo él parece tan delicado. Tan frágil.

Y sin embargo que vivos los otros, que rendidos al silencio de sus reclamos, vuelan alejándose al punto de fuga por el cual se escurre el parque. Por allí, del bosque de coníferas llega pausadamente la primavera, escapando de su frondoso sotobosque. Ayer un corzo se dibujó entre la niebla. Antes de ayer una pareja de liebres se perseguía por la hierba ya verde. Pequeños grupos de herrerillos, carboneros, agarradores y reyezuelos llevan días explorando el suelo y corteza del manzano.
Hoy uno a impactado contra el cristal de la ventana.
Es ahora un pájaro roto.
Un cuerpo quebrado al otro lado del vidrio.
¿O estoy ante un espejo?




Hojas secas (XII)



¿Cuánto hay de humano en el ser humano? Bajo la fina gasa de la cultura se desvela la bestia innata. Se dice que fuera de la sociedad sólo pueden existir los dioses y las bestias, pero no es la naturaleza, sino la sociedad, la historia, la que rasga, repetidamente, las gasas de la humanidad. Es la circunstancia de la sociedad la que engendra al bruto. ¿Cómo proteger al hombre contra sí mismo? ¿Cómo protegerlo ante la inhumanidad a la que la historia social los conduce? Así pues, ¿cuánto hay de humano? ¿Preguntamos porque deseamos saber, o porque sabemos que no podemos saber?

–¿Es eso lo que quieres, Olga? –Hermann acurrucado junto al hogar, cogió el hurgón y atizó la lumbre. La leña crujió, suspiró vapor–. ¿Venganza?
–Eso es –asintió–. Es lo que pienso. Cuando se apagan las noches los veo. No consigo quitármelos de la cabeza, Hermann. Quizás para ti, aquello ya forme parte del pasado, pero no para mí. Siguen aquí. Existen.
–También yo –Gustav se alejó de la ventana–, los veo con frecuencia.
Hermann miró asombrado a ambos. Sus mejillas estaban sonrojadas.
–¿Acaso creéis que yo lo he olvidado? –sonó indignado.
 –Nadie ha dicho eso…
–Sí lo has dicho, Olga. Lo has insinuado.
–No quería decir eso. Quería decir…, no sé…, decir que quizás tu puedas vivir con ello, pero yo no. Yo no puedo. No puedo seguir viviendo con ello sin más…, necesito hacer algo con todo lo que me corroe por dentro. Necesito sacarlo de alguna manera…
–¿Vengándote? ¿Crees que eso te hará sentir mejor?
–A mi sí –intervino Gustav–. Creo que sería un halo de luz. Una manera de resarcir el daño sufrido.
Las injusticias son nudos en el discurso de la vida. Nódulos enquistados que obturan el flujo del tiempo.
–No puedo creer lo que estoy oyendo. Pienso que habéis pasado demasiado tiempo con la mirada clavada en el fuego. Sus demonios os nublan la razón… Quizás ha llegado el momento de retirarse a dormir.

Se irguió apoyando el hurgón en la pared. Olga cogió una de sus manos:
–¿Dormir? Sabes que no duermo bien desde entonces, Hermann. ¿Y mañana? ¿Qué pasará mañana? ¿Seguiremos igual? ¿Aterrorizados? ¿Avergonzados? Nada cambiará mañana… nada ha cambiado estos últimos años.
Sus ojos se veían grandes y luminosos. Trémulos. Como los del cordero siguiendo en silencio al matarife. Los mismos ojos mudos y asustados que apenas vio desaparecer en el interior de la casa aquel día. Unos ojos inmensos gritando silenciosamente mientras eran arrastrados a un abismo incomprensible, de una negrura como no había visto nunca hasta entonces.
–No me mires así, Olga.
–¿Cómo?
–Así, como lo haces ahora, con esos ojos –rogó Hermann, liberándose dulcemente de la mano de ella–. No me mires con esos ojos.

Era una mirada insomne y desquiciada. Expresaba el pánico que rememoraba Hermann de aquel día, pero al mismo tiempo desesperación y odio. Hay que cruzarse con una expresión como esa para entender todo lo que siente, porque no se pueden poner palabras a ella. Su descripción se manifiesta como una imposibilidad lingüística, igual que ellos sentían que las palabras no podían traer el nuevo orden de la vida que aquellos acontecimientos les habían exigido. Por eso habían callado tanto tiempo, cada uno inmerso en sus sentimientos. Por ello, o porque quizás, hasta entonces, la razón había sellado sus bocas, censurando verbalizar lo impensable. Poner nombre a un sentimiento implica identificarlo y reconocerlo, y reconocerlo es liberar el sentimiento, dejarlo escapar: expandirse más allá de uno mismo, asomarse al exterior y arremeter irracionalmente con lo que salga al paso. El horror al nombre, a la palabra, había cosido sus labios durante mucho tiempo. Miedo y vergüenza son un hilo fuerte. Se habían resistido a manifestar, pues manifestar puede conllevar a desencadenar nuevos acontecimientos, ejecutar lo exteriorizado. El terror de Hermann no era aquellos ojos indescriptibles que ya conocía, sino la revelación verbal de los mismos por parte de Olga y Gustav: venganza. Ahora que habían reconocido el instinto que tiraba de sus vidas, temía que hubiesen invertido el orden, transgrediendo las normas e invocando así una nueva tragedia.

El pensamiento es libre, la expresión no, por eso se sufre en soledad. Ellos sufrían en soledad, en mundos aislados y opresivos. Los pensamientos son distancia, silencio, intimidad; las palabras implican exposición. Son punzantes abejas que se arrojan como un enjambre entero sobre el otro. Su veneno puede infestar una vida entera. Hazlo, le dijo entonces Olga a Hermann, y lo hizo. Él no había día que no se arrepintiese de ello. Allí estaban sus ojos, esa mirada otra vez, y el verbo de ella: ¡Hazlo!
       ¡Hazlo!
             ¡Hazlo!
                   ¡Hazlo!
                           repitiéndose hasta el infinito.





Ellas y sus silencios



"Una de las primeras obligaciones que cualquier ciudadano tenía que cumplir, era la de tapar cuidadosamente todas las ventanas de las fachadas. De esta manera, ningún destello de luz podía orientar a los aviones enemigos. Las ciudades quedaban completamente a oscuras, con los vigilantes nocturnos de la defensa antiaérea encargándose de que se cumplieran las normas. Cada casa tenía que preparar un refugio antiaéreo en el sótano, con catres para descansar, cajas y sacos de arena, extintores y algo de comer. Se nos suministró una máscara de gas a cada ciudadano, que siempre teníamos que llevar encima. Casi siempre los ingleses bombardeaban las ciudades alemanas de día, mientras los americanos lo hacían de noche. Nos movíamos como autómatas, nos acostábamos con la mayor cantidad de ropa posible: chandal, botas forradas, chaquetas, pañuelos y gorras. En el bolso guardábamos todos nuestros documentos y las pocas joyas que teníamos. La rutina se repetía día tras día. La alarma sonaba hasta dos veces por noche. Vivíamos como topos". Mi abuela Alicia era una adolescente, todavía no tenía catorce años, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, al acabar era madre de una niña y aguardaba a su marido que había caído prisionero en el frente. De aquel período de su vida apenas habla, como si aquel pasado hubiese quedado sepultado en la profundidad del refugio, atrapado en las ventanas tapiadas que evitaban que escapase la luz. Es muy común entre aquellos que han experimentado los miedos y terrores de la guerra que los recuerdos de esos tiempos se muevan como topos por la memoria, asomándose pocas veces al exterior.

En el colegio se nos explica, en una serie de lecciones escolares, las distintas guerras, sus causas políticas, las económicas, los agentes implicados y las batallas y hechos que decidieron la contienda, pero el pasado es mucho más vasto que la visión histórica. Es un conjunto inmenso de hechos que pueden ser conservados solo si desde el presente estamos dispuestos a adoptarlos. A insertarlos en nuestra propia memoria. Para que el pasado perdure, hay que hacerse cargo desde el presente de que esos vestigios no van a desaparecer, de que esa lección sí que la vamos a aprender; no sólo las explicaciones ad hoc de las causas de la guerra, sino los sentimientos que estas despiertan en el grueso de la población: los civiles. Pero pocas veces se escuchan las voces del pasado porque impera el olvido. Nadie quiere heredar el dolor, ni las incertidumbres, ni mucho menos las manos manchadas de sangre. Así la vida presente resulta más sencilla. También para los que vivieron el pasado, pues los caminos de la memoria nunca son fáciles.

Antonia, mi otra abuela, como Alicia, era una niña de doce años cuando empezó la Guerra Civil española, sus voz pierde firmeza cuando habla de ello, como si el miedo intenso que experimentó entonces siguiese vigente. "Una de las hermanas de madre era monja, me explica, mi padre fue a buscarla al monasterio de Granollers y la trajo a casa. La tuvimos allí escondida. Mi padre era sindicalista de la CNT y eso se lo tenía que callar. No podía hablarlo. Nadie tenía que saber que ella era monja. Cada vez que oíamos alboroto alrededor de casa sufríamos, enseguida pensábamos: a ver si la han cogido… En el pueblo mataron a dos curas, los del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Al padre Eduard y al otro…, ahora no me acuerdo como se llamaba, los tuvimos para doctrina, para poder hacer la comunión, era una persona de allí mismo, conocido por todos…" En este punto de la narración guarda silencio. Uno largo, la memoria va cerrando puertas para evitar que el dolor se exprese, el relato finaliza súbitamente: "Se hizo mucho daño. Se mató a mucha gente y a otros se les hizo sufrir sin necesidad alguna… ¡bah! una mierda todo junto".
   
Elisa en 1992 tenía dieciséis años cuando su pueblo, Rizvanovici en Bosnia fue bombardeado por la artillería de los chetniks (tropas paramilitares serbias). "Cuando las granadas dejaron de caer salí del refugio en el cual mi hermana había dado a luz. La mezquita estaba en ruinas, y a pocos pasos de nuestra casa vi unos niños, de tres y ocho años muertos. El pánico y la muerte estaba por todas partes. Los soldados llegaron y ocuparon el pueblo. Hablaban un serbio lleno de coloquialismos, casi incomprensible, y en sus uniformes llevaban como insignias unas águilas blancas (Las Águilas Blancas, al igual que los Halcones y otros grupos similares eran una de las tropas paramilitares ultranacionalistas que se autodenominaban "chetniks", caracterizadas por el odio a la población bosnia, a los que denominaban "turcos". Su principal reclamo era llevar a cabo una limpieza étnica en Bosnia para reconstruir una Gran Serbia pura). Nos prohibieron salir de casa. Los no serbios no podíamos andar por la calle. Tampoco comprar nada en las tiendas, teníamos que sobrevivir de las reservas que teníamos en casa. Los que se aventuraron a salir no volvieron nunca. Un día los soldados capturaron a todos los hombres del pueblo. Se los llevaron. A mi abuelo de setenta y ocho años le acusaron de matar a un serbio. Lo ejecutaron con un tiro en la cabeza enfrente de mis primos".

A día de hoy sigue sin poder visualizar escenas de violencia por inverosímiles y ficticias que éstas sean explica. Es algo que no puedo controlar, especifica. Su amiga Mirsada, a la que conoció un año más tarde en un campo de refugiados en Suecia, confirma el pánico heredado: "Es como si el pasado, el presente y el futuro sangrasen juntos. Rescatar esos recuerdos es vivir por momentos en un estado de inexistencia, es como estar en ningún sitio y en todos los sitios al mismo tiempo. Las imágenes de esos días son las grandes penas y dolores que nos acompañarán siempre. Soy consciente de ello".

Para muchas de estas mujeres, que entonces fueron niñas, el pasado muchas veces se les presenta escurridizo. Como si no tuvieran pasado, ni control por tanto sobre sus vidas. Los recuerdos son imágenes rápidas y huidizas. Los relatos que conforman su memoria no radican en la Historia, se pierden en otros mares de mareas y oleajes inciertos. Tienen su pasado pero éste se revuelve silencioso en su interior. Nezira a los nueve años tuvo que abandonar Tuzla en compañía de sus padres, y tras una larga travesía por el corazón de Europa encontraron asilo en Suecia. "Los serbios quemaron nuestra casa", me explica. "Entonces no entendí porque lo hicieron ni lo que estaba sucediendo, sólo recuerdo la sensación de pérdida. De irme, dejando atrás todos mis juguetes y libros, no pude salvar nada. Más tarde supe que tampoco se salvó la abuela. Estaba dentro de la casa cuando la prendieron. En aquel momento pensé que ella estaría fuera, como nosotros, en otro lugar… con el tiempo comprendí que nunca salió de casa. A menudo sueño con ella".




Hojas secas (XI)



–Seguro que fue Gerhard –Gustav se incorporó en su asiento–. Seguro que fue él quien los mandó. Me la tenía jurada.
Hermann arrojó la colilla del cigarrillo a las llamas de la chimenea.
–Eso ya no importa –sentenció mientras caminaba a la cocina. Cogió un vaso de las baldas y se sirvió un poco de licor de hierbas–. ¿Alguien quiere un trago?
Gustav negó levantando la mano.
–Licor no, pero un poco más de té… –respondió Olga extendiéndole la taza.
Encendió uno de los fogones y puso agua a calentar en un cazo.
–A mi sí me importa –insistió Gustav levantándose. Observó por la ventana el reflejo de la luna en la nieve. Patinaba sobre el tejado del establo–. Sigo viéndolos cada noche. No consigo olvidarlo.
–Tampoco yo –contestó Hermann mojando los labios en el licor. Ardieron. El alcohol incendió el esófago en su camino interno–, pero saber si fue Gerhard o no quien los envió no va a cambiar nada.
–A mí me ayudaría –aseveró Gustav sin volver la cabeza. El azul de sus iris era el de los ahogados. Hubo un tiempo en el que apreciaba la belleza del azul de los lagos, los sueños que se mecían en sus aguas. Luego las mismas se llenaron de ahogados. Martina se hundía en ellas desesperada, no importaba que cerrase los párpados o se llevase las manos a los ojos, Martina estaba en sus iris. Era allí donde caía, una y otra vez, hasta el fondo, hasta perderse en la profundidad infinita de sus pupilas. Bien adentro en su memoria.
–A mí también –añadió Olga girándose hacia su marido–. Alguien deberá pagar por aquello.
–¿Pagar por aquello? ¿Gerhard? –el tono de Hermann era claramente irónico mientras apartaba el cazo del fuego–. ¿Acaso habéis olvidado dónde vivís? ¡Estamos en la RDA! ¡En la democrática y pacífica RDA! ¡Ahora somos comunistas!Somos los afortunados, los herederos directos de la resistencia alemana contra el nazismo. Aquí nunca hubo nazismo. ¿Vais a denunciar a los camaradas que nos liberaron? Aquí no pasó nada. Nadie es culpable de lo que pasó entonces: ni antes, ni durante, ni después de la guerra. Todos inocentes. Todos héroes antifascistas y anticapitalistas. "El pasado es del Oeste y el futuro es nuestro" –entonó alzando sus brazos y dándole un nuevo trago al licor.
Gustav se giró hacia él:
–Precisamente. Yo sólo quiero que pague Gerhard.
–¿Vas a denunciarlo? ¿Vas a rebelar su pasado nazi a su nuevo partido?
–Si eso vale, ¿por qué no?
–¿Crees que el SDA no lo sabe? Gustav…
–¿Por qué no apareció su nombre en los juicios de Waldheim? Allí estaban todos los nazis.
–A la Guillotina Roja no le interesan tanto los nazis como los anticomunistas. Frau Hilde sólo persigue peces gordos, ricachones y elementos peligrosos para el gobierno. Gerhard no es nadie, es un pobre diablo en un pueblo al que nadie interesa. Ahora es un "buen" comunista.
Volvió a su silla acariciando el hombro de Olga.
–Tómate el té, está caliente –ella cogió la taza ofrecida fregándola con sus manos–. Te irá bien para entrar en calor.
–Gracias. Hermann…
–¿Sí, Olga?
–Quiero venganza.

Las ventiscas borraron algunas memorias de Olga, pero no aquellas. No las de aquellos días. Procuraba no arriesgarse a abrir sus recuerdos, como el amante despechado teme volver a los sobres que contienen las cartas del pasado. Un amor pasado es pretérito, pero sigue estando en el mundo. En otra dimensión, pero presente, como las mentiras sinceras que cobijan las cartas. Desplegando los textos, el antiguo amado, teme que las palabras e imágenes empañadas con el paso de los días, ya insignificantes, vuelvan a la vida. Nadie desea despertar a los fantasmas. Tampoco Olga. Teme que aquel día se le manifieste. Teme apartarse del fuego. Dirigirse al dormitorio. Acostarse y apagar la luz. Que la noche se le eche encima, pues es entonces, cuando el espíritu se manifiesta. Se arrastra bajo la almohada susurrándole sueños incomprensibles, inyectando imágenes de espectros brutales, creadores de confusión y claustrofobia. Son pesadillas geométricas, sin resquicios por los que escaparse. Un cubo de paredes oscuras. Sin luz. Sin puertas ni ventanas. No hay salida, pero ella está dentro. Ellos están dentro. El delirio es ciego. Puede percibir el aliento de sus bocas, el olor de sus cuerpos, su peso sobre ella. Es un oso el que ruge en la nada que la contiene. Vibran sus tímpanos. Sus zarpas rasgan sus ropas y tiran de su pelo.  Embisten como las bestias que son. Duele. Es dolor lo que sube desde la entrepierna hasta la cabeza. Agudo y profundo, como río desbordado, penetra virulento quebrando su cuerpo. Sus garras están en todas partes, son una marea. La manosean y voltean como un juguete roto. El sudor cae hasta las piernas, sujetándola, inmovilizándola. Escucha pasos pesados, plantígrados, animales, bestias, que se mueven a su alrededor. El hedor es aflautado, de tono agudo que todo lo satura. Ella está paralizada. La voz, un espejo resquebrajado, inútil, no sirve para nada. Calla. Ellos gimen, gruñen, chillan, golpean, saltan, ríen. Parecen pasarlo bien, pero ella no puede parar de llorar. El cerdo chilla cuando se le sacrifica, también el ternero se revuelve al ser llevado al matadero, pero el cordero nunca sale corriendo, nunca grita; con los ojos abiertos parecen aceptar el destino, que el hombre, cuchillo en mano, ha decidido para él. Olga es un carnero. Uno merodeado por alimañas. Uno rendido al sacrificio. Paralizado por el pánico.




Mundo de Margaritas




Sabemos lo que es la luz
pero no sabemos decir que es.

El universo no ha sido todavía satisfactoriamente explicado

Seguimos experimentando con la ficción
con el lenguaje
haciéndolo extranjero
desconcertante
sorprendiendo la narración
llevándose a lo ignoto
recordándonos lo que no sabemos
lo mucho que desconocemos

Experimentamos sin saber a dónde vamos
como ratas reconstruyendo el laberinto por resolver
tenemos que mentirnos
el arte de la mentira está en decadencia
son precisas para que brillen las evidencias

como las sombras para apreciar la luz


Podría decirse que el humanismo sigue siendo algo así como una religión secular improvisada, lo que queda de la descomposición europea del mito cristiano. Durante años, los que se oponían a la teoría de Darwin, temían que ésta redujese la humanidad a un ente insignificante. Un animal más. Uno entre los millones que se desplazan por los mares y tierras del planeta. Pero, lejos de eso, el darwinismo no ha hecho sino encumbrar al hombre aún más, si eso era posible, sobre el resto de los organismos. Tras dos siglos sacudiéndose su fe cristiana, la filosofía y la ciencia moderna, siguen anclados en uno de los errores esenciales del cristianismo: pensar que somos radicalmente distintos del resto de los animales.

Los humanistas modernos se aferran a la teoría de la evolución para argumentar que sólo el hombre es capaz de trascender a su innata naturaleza animal y dominar, no sólo su naturaleza, sino el planeta entero. La humana es una especie privilegiada, piensan, es la única que sabe de su existencia accidental y por tanto la única que puede hacerse cargo de su destino.

Siguen arraigados a la idea de que la conciencia, la individualidad y el libre albedrío nos definen como individuos, que son la base de nuestras decisiones, elevándonos por encima de cualquier otro animal. Cuando aquí, en mitad del bosque, como en una calle transitada de cualquier ciudad, los instintos siguen siendo los mismos: buscar comida y aparearse, como cualquier otra bestia que habita la Tierra. Muchas de nuestras decisiones más fatídicas las tomamos sin tener la menor conciencia de ello. ¿Pero qué somos? ¿Qué sería de nosotros si silenciamos de nuestro pensamiento el diálogo de Dios, de la inmortalidad, del progreso de la ciencia y la humanidad? ¿Qué sentido queda entonces, una vez borrada toda esperanza de progreso?

El cristianismo introdujo la percepción, la idea, en Europa, de que la historia humana, tanto la del individuo como la del colectivo humano, ha de tener sentido alguno. El progreso es la nueva máscara con la que el mismo concepto sigue aferrado a nuestra mentalidad: la historia humana, su evolución y su sentido especial en el mundo. En la Grecia y la Roma clásica la historia humana era una serie de ciclos naturales de crecimiento y declive sin fin, como el sueño colectivo repetido infinitamente por los hindúes. En la mente actual humanista sólo se concibe el progreso, como en el capitalismo el crecimiento continuo de la economía. El humano sigue siendo un ser sublime por encima del resto de los organismos vivos, quizás por ello la hipótesis de Gaia de Lovelock, en la que la atmósfera y la superficie de la Tierra conforman un todo para mantener la vida en la tierra, no tenga la aceptación debida en la comunidad científica. Su mundo es circular, no tiene dirección alguna, su único propósito es mantenerse. No hay un espacio especial para el hombre. Poco importa su presencia. Nos arroja a enfrentarnos al vacío existencial como especie.  

En el Mundo de Margaritas soñado por Lovelock y Watson, el planeta había sido sembrado sólo con dos variedades de margaritas: unas blancas y unas negras. Las blancas reflejan la luz y las negras la absorben. En un origen frío, las negras proliferan más, absorben mejor el calor y se expanden por casi la totalidad de la superficie, incrementando la temperatura del planeta, tanto que empiezan a morir y las blancas al reflejar la luz ocupan su lugar, haciendo descender con ello la temperatura del planeta. Las mareas de pétalos blancos y negros se suceden por generaciones hasta que alcanzan un punto de equilibrio, con una temperatura estable favorecida por la presencia de los dos colores. Cuando al Mundo de Margaritas se le incorporan conejos que comen aleatoriamente unas u otras variedades, zorros que cazan los conejos, y otros organismos que hagan el modelo más complejo, la estabilidad se alcanza con mayor velocidad y es más duradera. Mundo de Margaritas demuestra que la estabilidad de los organismos biológicos, el ecosistema terrestre, no requiere de explicación teleológica alguna. Que no hay progreso en el mundo orgánico, la evolución carece de diseño preconcebido, es una sucesión de revoluciones que lo que procuran es que todo quede igual.

En el mundo distópico de Nosotros (1920), de Yevgueni Zamyatin, se lee: 

–¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
–Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
–Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
–Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
–Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un último número.
–Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución?